—¡Cielos! ¿qué encontré? ¿sería?...
—Joven incrédulo, ¿no encontrasteis el verdadero astrólogo que buscábais? ¿quién os podía dar razón más satisfactoria de lo que intentabais preguntarme?
—Lo sabe todo, lo sabe todo, dijo para sí Macías. ¡Ah! tu ciencia es cierta. Yo nunca dije á nadie una palabra. Abenzarsal, tomad ese oro: es cuanto traigo: satisfaced ahora á mis preguntas. ¿Me ama, adivino, me ama? ¡Calláis, santo Dios! ¡Oh! ¡bien me lo temía!
—¿Y qué hicisteis que no se lo preguntasteis? ¿Á qué preguntarme á mí lo que ella debe saber mejor que yo?
—Viejo artificioso, ¿os burláis de mi dolor? ¿no habéis conocido nunca una mujer? ¿encontrasteis una jamás que haya respondido sí, no, á vuestras inconsideradas preguntas? ¿no sabéis que la ficción y el silencio son el arte de las mujeres?
—Harto lo sé: estas canas de que veis cubierta mi cabeza no nacen impunemente.
—Y bien, si tanto sabéis, respondedme: ¿me ama ó me desprecia? ¿son sus miradas las peligrosas redes que las mujeres desvanecidas suelen tender á mil amantes que tal vez aborrecen, ó son las de una hermosa incapaz de engaño y de artificio? ¿son sus ojos solos, ó es su corazón también el que me mira? ¿es buena, ó es mala? ¿quién pudo conocer jamás á una mujer? ¿soy su juguete por ventura, soy sólo su trofeo, ó soy, Abenzarsal, su vencedor? ¡Ah! cuanto poseo es vuestro. ¡Si me ama, decídmelo! Entonces la corte no puede serme nunca funesta, porque aun muriendo, si muero amado seré dichoso. Si no me ama, callad. Yo he oído decir que conocéis los hechiceros mil medios que inspiran el amor. Enloquecedla, Abenzarsal, haced vos lo que debiera mi mérito haber hecho: ámeme ella, y sea como quiera. ¿Qué condiciones son precisas? ¿cuál es el premio de vuestro trabajo?... ¡Oh! Elvira, Elvira, ¡cuánto me cuestas! ¿Necesitáis mi cuerpo, mi sangre? he aquí, herid y consultad mis venas... ¿necesitáis mi alma? ¡maldición, maldición! Haced que me adore, Abenzarsal, y tomadla bien. ¡Que me ame! ¡que me adore! y todo lo demás después.
—Moderaos, joven arrebatado. ¿Qué motivos tenéis para tanta desesperación? ¿no arde siquiera en vuestro corazón una chispa de esperanza?
—¿Y cuándo muere la esperanza en el corazón del hombre? Yo la he visto mil veces: sus ojos me miraban, y se detenían sobre los míos, como se detienen los de una amante sobre los de su querido. Cuando se encuentran nuestros ojos, no hay fuerza que los desvíe. Nuestras almas se cruzan por ellos, se hablan, se entienden, se refunden una en otra. Pero ¡ah! Abenzarsal, que huyen á veces, y su rostro airado...
—¿Airado habéis dicho? ¿y qué más fortuna pedís? Cuando huyen sus ojos de los vuestros, entonces es cuando más os ama: entonces, doncel, os teme.