—¡Jaime! ¿Será posible que Fernán Pérez abrigase la menor duda acerca de la virtud de su consorte?...

—No digo eso; antes creo todo lo contrario. Alguna vez le he solido sorprender, hablándose solo, á sí mismo: acaso me tenga rencor por eso... «Elvira me ama», decía antes de ayer cuando yo le encontré distraído, «me ama tanto como yo á ella; es imposible: no era culpable...».

—¿Eso decía?

—Eso le oí.

—¡Dios mío! ¡cuán ingrata soy! Y en ese caso, esos celos que dices...

—Esos celos puede tenerlos de alguno, aun sin pensar que vos...

—¿De alguno?

—Escuchad.

—Ayer en la corte miró á un caballero, que conocéis, de una manera... ¡Ay! si sus ojos hubieran sido rayos, con la velocidad del relámpago hubiera sido reducido á cenizas el caballero.

—¡Cielos! ¿Qué os hice yo para merecer tanto rigor?