—¿Ella? ¿Elvira?

—Salid, pues: ved que no gustará...

—¡Que salga! No, paje, no.

—Pero reparad... ¡Anda con Dios! ¡allá os avengáis! Yo no pude hacer más, dijo el paje encogiendo los hombros al ver que Macías, apartándole con brazo poderoso, se dirigía hacia donde sonaba el ruido de los pasos.

—¿Qué altercado es ése, Jaime? salió diciendo Elvira. ¡Santo Dios! añadió en cuanto vió al doncel, que arrodillado ya á sus pies parecía implorar el perdón de su audacia y su descortesía. ¡Qué imprudencia, señor, y qué osadía! ¿Qué hacéis? ¿Vos en mi habitación?

—Sí, bien mío, respondió Macías. Vana es ya la porfía: inútil la resistencia; yo os amo, Elvira.

—¡Ah! ¿qué intentáis? Alzad, señor; volveos.

—¿Adónde queréis, Elvira, que me vuelva? dijo Macías, levantándose y estrechando entre sus manos las de su amante. El mundo entero está para mí donde estáis vos. No hay más allá.

—¡Silencio! Si mi esposo...

—Elvira, no temáis...