—Salid. Os lo ruego, os lo mando.

—¡Delirio! ¿Os parece que cuando me decidí á acción tan aventurada, cuando me expuse y os expuse á vos misma á los riesgos de esta entrevista, fué para volverme después de lograda?

—Yo tiemblo. Jaime, dijo Elvira, si por ventura oyeses...

—Perded cuidado, prima mía... respondió Jaime.

—Corre, sí: si le vieses venir...

—Jaime os probará su fidelidad.

Dicho esto, salió el inteligente pajecillo, bien resuelto á ejercer la más activa vigilancia para evitar que la locura imprudente del doncel acarrease á su prima más funesta consecuencia que la de haber de convencerle de cuán temerario era el paso que acababa de dar en aquel momento. Macías dirigió al paje, que desaparecía, una mirada en que se podía leer claramente una larga acción de gracias al cielo, que le proporcionaba por fin aquella secreta ocasión de vencer el desdén de la señora de sus pensamientos.

—¡Ah! Macías, si sois generoso, si sois caballero, oíd mis ruegos por piedad. Idos. Soy mujer, y os lo ruego. Á vuestras plantas si queréis...

—¡Elvira! gritó Macías fuera de sí levantando á la hermosa Elvira. Oídme. Un momento no más. Oídme, y partiré. Tres años, señora, hace que os vi la vez primera; tres años os amé, y os amo, yo os lo juro, como nadie amó jamás: igual tiempo callé. Mil veces fué á escaparse de mis labios la palabra fatal; mil veces la sofoqué: la inmensidad de mi amor la ahogó en el fondo de mi corazón. Mis ojos, sin embargo, os lo dijeron. ¿Cómo imponerles silencio? Ellos hablaron á mi pesar. ¿Por qué los vuestros me respondieron? Callaran ellos, y muriera yo callando. Ellos me animaron empero. Bien lo sabéis, señora. Mi amor es obra vuestra.

—¿Mía? ¡Ah! ¡sed, doncel, más generoso!