No bien había acabado de decir estas palabras, y de enjugar precipitadamente las lágrimas que se habían agolpado á sus ojos, rogó al pajecillo, no menos asustado que ella, que no se separase de su lado en aquel crítico momento, en que necesitaba su serenidad toda y la de un amigo además, para no revelar ante los perspicaces ojos de su marido la terrible emoción que dominaba en su pecho. Poco después entró Fernán Pérez. El lector nos perdonará si dejamos para otro capítulo la prosecución del cuento de las cuitas de la infeliz Elvira.
CAPÍTULO XXVIII
É si por ventura quieres
Saber por qué soy penado,
Plácete, por que si fueres
Al tu siglo trasportado,
Digas que fuí condenado
Por seguir damor sus vías,
É finalmente, Macías
En España fuí llamado.
Don Enrique de Villena. Infierno de los enamorados
Suponemos de buena fe que pocas de nuestras lectoras se habrán encontrado en la situación de Elvira, si bien no nos atreviéramos á asegurar otro tanto de nuestros lectores con respecto á la del encerrado doncel. Era efectivamente aquélla bastante extraordinaria. En balde había dirigido la virtud más rígida todas las acciones y palabras de Elvira: en balde había resistido, á costa de los mayores tormentos, á la encendida pasión de su imprudente amante. Una inexplicable fatalidad pesaba sobre ella y sobre cuanto la rodeaba. Ella había inspirado inocentemente una pasión frenética, que sólo podía emponzoñar su vida ó adelantar su muerte; pero semejante á la abeja, que se lastima al picar y deja perdido el aguijón en la herida que hace, Elvira no había ganado el corazón del doncel sino á costa del suyo. Más virtuosa, como mujer, luchaba más tiempo; pero luchaba con un enemigo más fuerte que ella, y sólo la mano del Todopoderoso, que acababa de implorar, podía salvarla del hondo precipicio que ante sus pies miraba. Amaba á su esposo por otra parte; y ¿cómo no amarle? Era, pues, tan inocente como desgraciada.
La misma fatalidad que pesaba sobre Elvira había alcanzado al doncel. Había bebido sin saberlo la ponzoña que corría por sus venas. Largo tiempo había luchado también el deber con el amor; pero un concurso de circunstancias no buscadas lo habían venido á poner en tal estado: que así le era fácil sacudir el yugo, como le es fácil á la débil paloma desasirse de las crueles garras del sacre devorador.
La puerta del gabinete donde Macías había entrado era compuesta de dos altas hojas, construidas según el gusto gótico, ó por mejor decir, gótico arabesco, que tenían entonces todos los adornos arquitectónicos. Pero en cada una de sus hojas una ventanilla cerrada por una cruz de hierro, y puesta á la altura poco más ó menos de una persona, proporcionaba desgraciadamente al caballero la deplorable facilidad de ver cuanto pasaba en la cámara donde los dos esposos estaban, no pudiendo ser él visto á causa de la oscuridad en que se hallaba sepultado aquella especie de astillero ó gabinete de armas, que no tenía más luz que la que del salón inmediato recibía.
El semblante pálido y deshecho de Elvira, sus ojos encendidos de llorar, una indefinible tristeza que oscurecía sus facciones, como una nube oscurece el día, y cierta agitación particular, hija del temor y del cuidado con que entonces estaba, la hubiera hecho interesante á los ojos de cualquiera, por indiferente que hubiera sido á los tiros del amor. Hacía tiempo por el contrario que no había tenido Hernán Pérez un día que tanto hubiese contribuido á disipar su natural melancolía. Había cazado con su alteza y con don Enrique de Villena, que ambos á dos le habían colmado de favores: aquélla había sido la primera vez que se había hallado en público en calidad de caballero, y el corazón del hombre es harto débil para no lisonjearse de semejantes distinciones. Deseaba partir con una persona querida su satisfacción; ¿y con quién mejor que con su esposa? Dirigióse á ella con un semblante más animado y franco de lo que comúnmente solía.
—¿He tardado, no es verdad, Elvira? dijo acercándose á ella con un hermoso azor en el puño izquierdo. ¿He tardado?