—No, Hernán: antes paréceme que habéis venido...
—¿No me esperabais todavía? Ésta es la suerte de los maridos. Nunca se los espera.
—¡Santo Dios! dijo para sí Elvira, hasta cuyo corazón había penetrado esta casual alusión.
—¿Estáis triste, Elvira? continuó Hernán acariciando al pájaro distraídamente. Cualquiera diría que habíais cometido alguna acción de que tuvieseis que avergonzaros. Si os hubiera sorprendido con un amante, no tendríais la cara más lastimosamente melancólica. Si he venido á haceros mala obra...
—¡Esposo mío! exclamó Elvira destrozada en su interior, sabéis que ha tiempo que la debilidad de mi cabeza...
—Tenaces son esos males de cabeza y terribles, añadió Hernán. También está triste este pobre pájaro. Miradle, Elvira. Su alteza acaba de cambiármele por el mío: ha cazado tan bien esta mañana, que ha querido quedarse con él. Nos ha encantado á todos. ¿Queréis creer que cuantas veces le ha soltado su alteza y don Enrique de Villena, otras tantas ha vuelto con la presa? Sólo una vez que le solté yo se vino con las garras vacías. Sobre eso quiso su alteza darme vaya.—¡Ea! dijo: Vadillo, hoy no estáis para cazar. Hoy no cogeréis pájaro ninguno... ¿Qué tenéis, Elvira?... Sobre eso fué tal la rabia que concebí, que se lo ofrecí al rey, y de buena voluntad. Efectivamente no era mi estrella cazar hoy. De allí á poco su alteza se empeñó en que le soltara su doncel favorito... y también cazó; pero yo nada. Verdad es que Macías caza bien. ¿Pero, esposa, os alteráis? esa agitación... acaso... su nombre solo os ofende. ¿Tanto le aborrecéis? ¿Recordáis por ventura?... Pero veo que os incomoda demasiado. Nunca hemos hablado de eso. No hablemos jamás ya. Volviendo á la caza, Elvira, está visto que hoy no cazo. Dióme, pues, este azor en cambio del mío, y ¡pardiez! que está triste. Acaso habrá dejado su compañera al venir á mi poder. Los animales nos dan ejemplo de fidelidad: ¿no es verdad, Elvira? capaz será de morirse. ¡Azor! ¡azor! Sólo por eso le quiero. Él no caza hoy, es verdad: en eso se parece á mí; pero es fiel, y váyase lo uno por lo otro; ¡porque en eso se parece á vos!
Volvía Elvira la cabeza á una y otra parte; tosía, bostezaba; cubríase el rostro con el pañuelo; pero la agitación que en su exterior se notaba era, comparada con el desorden de sus pensamientos y la lucha atroz de sus sensaciones, lo que es la arrugada superficie del mar azotada por una blanda brisa, comparada con el furor y embate de las montañas de agua que subleva y despide contra el cielo una deshecha borrasca. Al pajecillo íbasele un color y veníasele otro, que aunque de corta edad, ni se le ocultaba el riesgo del encerrado mancebo, ni el de Elvira si llegaba á ser descubierto, ni la terrible simpatía que entre aquella situación y el diálogo del hidalgo reinaba.
Comenzó éste á parar la atención en el singular estado de su esposa.—Os entiendo, Elvira, dijo después de un momento de pausa, os entiendo. Las conversaciones de dos esposos que se aman no han menester testigos, y vos tenéis sin duda algún secreto que fiarme.
—¿Yo? preguntó azorada Elvira. ¿De qué inferís?...
—Sí; Jaime, continuó Hernán Pérez, yo te llamaré.