—Ah, dejadle, señor: el paje no incomoda...
—No importa. Lleva este azor adentro. Que le cuiden. Que no se escape sobre todo: era el favorito de su alteza, y tan ilustre huésped no puede sino honrar mi casa.
Preciso le fué al paje obedecer. La orden estaba dada de una manera muy positiva, y el haber insistido por otra parte demasiado sólo hubiera conducido á dar sospechas.
Elvira hizo un esfuerzo para levantarse, y dirigiéndose al paje, bastante separado ya de su esposo, aparentó acariciar al ave, pero díjole en realidad al oído:—Jaime, vuelve dentro de un momento; si he conseguido apartar de aquí á Hernán Pérez, facilita la salida al caballero. ¡Y que no vuelva nunca, nunca!
—Bien, querida prima, respondió el paje en voz alta, no es éste el primer pájaro de que he cuidado. Yo os aseguro que se le tratará como merece. ¡Azor! ¡azor! se fué diciendo en seguida, y saltaba al mismo tiempo aparentando con la mayor inteligencia el indiferente atolondramiento de su alocada edad.
—Pienso, Hernán Pérez, dijo Elvira acercándose á su esposo, que el aire libre me sentaría bien. Si quisierais, pudiéramos...
—Esposa mía, repuso Hernán Pérez, cuyos deseos de conversar á solas con Elvira irritaban más y más los obstáculos que se le querían oponer, no lo creáis. Se ha levantado un viento fuerte, que sólo podría perjudicaros. Venid y sentaos á mi lado. No es mi carácter, Elvira, esa fatal reserva que circunstancias desgraciadas me han hecho usar con vos de algún tiempo á esta parte. El corazón del hombre se cansa del silencio: llega un caso por fin en que necesita, como el agua oprimida, un desahogo. Me es necesaria, Elvira, una larga explicación.
—¡Dios mío! dijo Elvira para sí: ¡en vuestras manos me encomiendo! Resignada con esta breve oración mental, sentóse trémula y agitada al lado de Hernán, que cogiéndole una mano y oprimiéndosela cariñosamente, no ya como un marido, sino como un amante, continuó clavando tiernamente sus ojos en los de ella.
—Sí, Elvira, dudáis. Si os creyese una mujer vulgar, una mujer capaz de guardar secretos para vuestro esposo, no os abriría mi corazón. Pero ¡ah! vos sois víctima también hace ya tiempo de esta fatal reserva que ha helado nuestra existencia. Maldición sobre el ser impasible y yerto, que, cerrado siempre para sus semejantes, vive solo dentro de sí y sólo para sí. Su consorte es un vivo, condenado á vivir atado á un cadáver.
—¿Qué decís?