—Sé que el destino ha arrojado entre nosotros un ser desgraciado: sé que una inclinación á que disteis acaso demasiado imperio sobre vuestro corazón...
—¡Hernán Pérez! exclamó asustada Elvira.
—Sí, ¿á qué negarlo? Vos amábais á la condesa, más acaso de lo que la misma amistad tiene derecho á exigir.
—Cierto que la amé siempre mucho, interrumpió Elvira con más serenidad.
—No culpo en vos ese sentimiento, si bien pudiera estar celoso de él. Nace de un corazón generoso; pero...
—Permitidme que en ese punto no dé oídos, señor, á vuestras reconvenciones... dijo Elvira pensando más en abreviar el diálogo que en meditar prudentemente sus respuestas.
—¿Es posible, Elvira, es posible?
—He jurado guardar silencio...
—¿Pero cuál misterio?...
—Permitidme que calle ahora: algún día sabréis, y no está lejos tal vez, que esa misma amistad, que me echábais no ha mucho en cara, os hace mirar á don Enrique bajo un aspecto falso. Básteos saber que no he creído faltaros...