—Dejemos en buena hora ese punto, si tanto os incomoda. Vengamos á otro. Sabéis, Elvira, que soy vuestro esposo... Hay un hombre sin embargo...

—Esas palabras, señor... ¡Ah! soy inocente, exclamó Elvira precipitándose á los pies de Fernán Pérez.

—¿Cómo pudiera yo dudarlo, Elvira? sois inocente: ¿pero basta acaso en el mundo en que vivimos ser inocente? ¿No es fuerza parecerlo también? Oídme. Vos sabéis cuánto os amé: os conduje al altar, partí con vos mi lecho, os entregué mi casa porque os amaba, Elvira. Hay un hombre, sin embargo, que ha osado poner en vos los ojos.

—¡Ah! señor, acaso os deslumbre...

—Nada me deslumbra, Elvira. No os haré cargo alguno. Vuestra palabra me basta. Mi honor está en vuestras manos. Ése fué el depósito sagrado que al desposarme os entregué. ¿Le habéis guardado, Elvira?

—¡Señor! exclamó Elvira ahogando sus sollozos, y volviendo el rostro á mirar con la mayor agitación el gabinete.

—La verdad, Elvira, y nada más. Mirad: yo os pedí vuestro corazón, no os lo robé: yo no os dije: seréis mi esposa, sino ¿queréis serlo? ¿Para qué pensasteis que enlacé á mi suerte la de una mujer? Para hacerla feliz. No hago trovas, Elvira, no es el talento la cualidad de que blasono. Empero la honradez será siempre mi norte. Sed, Elvira, feliz. Decidme ahora cuáles son los medios que para serlo exigís. Hoy es tiempo todavía; mañana no lo será tal vez.

—¡Ah! exclamó Elvira en el mayor desorden. ¿Vos habéis dudado, esposo? Si vierais sin embargo mi corazón, si vierais cuánto ha padecido... ¡Piedad, piedad de mí! No mando en mí, Fernán, ni sé quién soy.

—No os turbéis, Elvira: tranquilizaos. Eso me basta. ¿Me amáis?

—¡Si os amo! ¿Cómo pudiera no amaros?