—Basta, Elvira; de hoy más mis labios se sellarán: vuestra palabra va á guardar en lo sucesivo mi tranquilo sueño. ¡Elvira, Elvira!
Una larga escena de silencio, pero de elocuente silencio, se siguió á esta enérgica exclamación. Elvira al oirla miró dolorosamente al gabinete. Presentóse entonces á sus ojos el amor, terrible presagio de sangre y de desgracia. Asustada cerró los ojos, y no pudiendo resistir á la lucha interior que la devoraba, y á la imagen de cuanto debería sufrir el que estaba condenado á ser testigo de escena tan amarga, dejó caer su cabeza desmayada sobre el hombro de Hernán Pérez. Un torrente de sus lágrimas inundó el pecho del hidalgo; de esas lágrimas de hiel que se forman y corren lentamente, que manan con dolor, con amarguísimo dolor del mismo corazón.
—Ah, perdonadme, Elvira, dijo arrebatado el hidalgo de ternura y de entusiasmo; perdonadme si he podido ofenderos con dudas ofensivas...
—¿Que os perdone, señor? exclamó Elvira. ¿Yo á vos? Perdonadme vos á mí...
Al llegar aquí anudáronse las palabras en la garganta de Elvira, y no la dejaron sus sollozos proseguir. Un sentimiento profundo de vergüenza y remordimiento, y una expansión espontánea de generosidad se habían apoderado de ella. Un momento menos de reflexión, y la infeliz Elvira declaraba á los pies de su suspicaz esposo su deplorable estado; pero el doncel estaba en su casa todavía. La menor imprudencia suya hubiera tenido funestas consecuencias. Alzó los ojos al cielo Elvira, y contentóse con llorar. ¡Macías! ¡Macías! dijo para sí. ¡Oh, quién pudiera aborrecerte!
—¡Me ama, me ama como el primer día! exclamó Hernán Pérez con loco frenesí: arrojándose en seguida en sus brazos, estampó en su pura frente un ósculo conyugal. Elvira sintió su rostro encenderse de rubor al contacto fatal. Bajó los ojos avergonzada, y hubiera querido más bien ver con ellos el infierno todo, que haber encontrado con los de su esposo, tranquilos entonces, serenos, confiados, como lo está el ignorante pasajero que duerme con placer á la pérfida sombra del nogal.
También el doncel oyó el ósculo dado en la frente de Elvira, que resonó en su corazón como la voz de la verdad en la tumba. Helóse su sangre toda dentro de sus venas. Sus ojos, lanzados fuera de su órbita, devoraban desde la oscuridad el rostro divino de la hermosura, reclinada en brazos de otro. Sus manos, cerradas por sí solas y comprimidas, sacudieron la cruz de hierro que cerraba la ventanilla, y si no bastaron á romperla sus esfuerzos, torciéronla como un mimbre delicado.
—¡Se aman, se aman! exclamó el doncel con voz ronca y apenas inteligible. ¡Maldición, maldición sobre ellos y sobre mí! Y una lágrima, pero una lágrima sola, se abrió paso con dificultad á lo largo de su mejilla, fría como el mármol.