Seis años fuí de él servida,
Sin de mí alcanzar nada.
Él ofendió á mi marido,
Y de ello yo fuí la causa;
Y con todo esto le quiero,
Y le tengo acá en el alma.
Rom. de Cazul
—¡Ah! Vadillo, exclamó Elvira creyendo haber oído algún rumor en el gabinete, ¡cuán desdichada soy!
—¡Elvira! dijo escuchando un momento Fernán Pérez. Diría que alguien había hablado á nuestro lado.
—¿Á nuestro lado? ¿Cómo? ¡Qué fantasía!... ¿Quién pudiera?...
—Tiempo es el caballero,
Tiempo es de andar de aquí,
entró cantando á esta sazón con voz descomunal el atolondrado pajecillo, según las palabras de aquel antiguo y famoso romance popular que se cantaba entre las gentes: entraba Jaime como quien creía que habría tenido ya ocasión la bella prima de sacar de allí al hidalgo.
—Sería el paje, señor, el que aquel ruido metía, dijo Elvira aprovechando tan feliz coincidencia.
—¿Qué buscáis de nuevo aquí? preguntó Hernán Pérez con todo el mal humor de aquel á quien interrumpen en una ocupación agradable para la cual no ha menester testigos. No haría yo mal, ¡vive Dios! atolondrado, en cogeros de un brazo y encerraros en ese gabinete oscuro hasta que hubieseis aprendido otra mesura y comedimiento.
—Perdonadle, gritó Elvira asustada.