—Ved que habrá sabandijas en ese cuarto, señor hidalgo, repuso el pajecillo prontamente: nadie entra en él jamás.

—Vos seréis el bellaco y la sabandija, mal criado, contestó Hernán Pérez. ¡Ea! salid.

—De buena gana; pero no será sin deciros que el azor no quiere comer, y que es tan torpe Álvar, el escudero que os habéis echado desde que recibisteis la orden de caballería, que quiero yo que me encerréis de veras si antes de un cuarto de hora no campa solo el pájaro por su respeto sobre alguna torre del alcázar. ¡Pobre animalito! él, ¡ya se ve! quiérese escapar. Os digo que se escapará.

—¿Se escapará? ¡Voto va! Paje, á vos os lo di: si él se escapa, acordaros habéis del pájaro de su alteza. Dejad, Elvira, que vea lo que hacen esos necios. Tenedme ahí entre tanto á buen recaudo á ese insolente. ¿Escaparse? No se escapará, ¡voto á Santiago!

Diciendo y haciendo salió precipitadamente el hidalgo, y el paje, vuelto hacia la puerta por donde salía, y poniéndose los puños en los hijares:

—Se escapará, dijo con donaire y burlita sardónica; sí, señor, se escapará. ¿Pero esperaros yo aquí, eh? Para mi santiguada que no haré tal; no estoy tan mal avenido aún con mis orejas. Vaya, ¿qué hacéis, prima? Ved que el tiempo pasa, y si le perdéis, saldráse con la suya el hidalgo, y el pájaro no se escapará.

—¡Santo Dios! ¿Conque es falso ese recado que nos habéis traído, Jaime? ¿Y no tembláis?...

—Prima, todo el riesgo para mí es perder una oreja, y más perderíais vos si...

—¡Querido Jaime, querido Jaime! exclamó Elvira estrechando al paje entre sus brazos.

—Luego, prima mía, luego, dijo Jaime mirando con cuidado hacia la parte por donde acababa de separarse el hidalgo, y dirigiéndose en seguida hacia el gabinete. ¡Caballero, añadió abriendo, caballero! ¡Vaya que se ha dormido, mientras que nosotros hemos sudado por enmendar sus locuras! ¡Ay, Dios mío! prosiguió todo asustado viendo salir al doncel. Parecía éste efectivamente más bien un espectro que una persona. El amor y los celos luchaban aún en su semblante.—¡Ingrata! gritó fuera de sí dirigiéndose á la desdichada Elvira. ¡Ingrata! ¿Qué pretendéis ahora de mí? ¿Sacáisme aquí á la luz por si no veo bien allí vuestras infernales caricias, por si no oigo bien vuestros pérfidos juramentos? ¿Qué os hice yo para rigor tan grande? ¡Le amáis, le amáis!