—¡Macías! basta; huid, huid, exclamó temblando de terror y echándose á sus plantas la infeliz. No más tiempo, no más; que ha de volver.
—¡Vuelva! ¡vuelva! Aquí mi pecho está. Máteme luego.
—¡Vaya! señor, exclamó el paje, deje para otro día esa canción; mire por Dios...
—¡Ah Jaime! ¡Me aborrece! le interrumpió Macías.
—¿Qué os ha de aborrecer? repuso el paje.
—¡Jaime! gritó Elvira tapando con su mano la boca del inocente... Macías... partid.
—No, no partiré. ¡Á qué vivir, si he de vivir sin vos? Sea su triunfo completo. Amadle sin rubor. ¡Perezca sólo quien no debe gozar!
—¡Por Dios! ¡por mí, Macías!
—¡Cierto! soy un testigo importuno para los placeres que os esperan, dijo Macías con voz reconcentrada, y toda la sangre fría de un hombre desesperado.
—¿Qué han de esperarme ¡ay de mí! sino tormentos? ¿Queréis que al fin lo diga? Huid y lo diré.