—Elvira, ¿qué dirás? gritó Macías. ¿Que le amas, otra vez?...

—No, nunca, no. ¿Qué pude hacer delante de él? Á ti amo: sólo á ti...

—¿Á mí? ¡ah! ¿Á mí? ¡Sueño, deliro!

—¡Qué vergüenza, Dios mío! Pero huye ya; ¿qué esperas? ya lo oiste de mi boca: por ese amor frenético que veo en tus ojos con placer, por ese amor, Macías, ¡huye! ¡huye por Dios! ¡y por piedad!

—¡Elvira! ¡Elvira! dijo Macías palpitando todo de amor y de felicidad. Huyo, sí, huyo. Díme, empero, que volveré.

—Volverás si huyes ahora, volverás.

—¡Á Dios, Elvira, á Dios! gritó con loco furor Macías, y se lanzó fuera del cuarto.

—¡Á Dios, repuso con voz apagada Elvira, á Dios! y cayó sin fuerzas casi y sin sentido sobre un sitial inmediato, escondiendo con ambas manos su rostro descompuesto y avergonzado.

—Alzad, prima; no lloréis, dijo Jaime acercándose á la hermosa desconsolada.

—¿No he de llorar? exclamó ésta volviendo en sí, y mirando á todas partes con temor de ver volver á su esposo. ¿No he de llorar? ¿Qué le dije yo, Jaime, qué le dije? ¡Imprudente! ¿Y él volverá, volverá? ¡No, jamás!