—Andad, añadió el paje: templad vuestro dolor. ¿No habéis visto con qué facilidad hemos engañado al buen hidalgo? ¡Ah! Yo necesitaba tener presente cuán serio era el lance, prima mía, para no soltar la carcajada. ¿Habéis notado que no ha dicho una palabra que no pudiera hacernos reir con fundado motivo?
—¡Hacernos reir, Jaime! Maldecida sea mi loca pasión. ¡Sí, dices bien! yo le hice risible. ¿Yo? ¿Yo pago de ese modo su cariño, su amor, su condescendencia? ¿En qué era, pues, risible? ¿En amarme? Saetas eran sus palabras para mí. ¡Por qué ha de ser risible, Jaime? Porque tiene una esposa infiel, que olvidada de su deber ha dejado crecer en su pérfido corazón un amor odioso. ¿Y porque ella es ingrata, él es risible? ¡Dios mío! Confundidme. He ahí el premio que doy á su cuidado. Porque ha partido su lecho conmigo; porque me ha confiado su casa, porque me dió su corazón, porque quiso llamarme madre de sus hijos, ¿por eso le aborrezco? ¡Me horrorizo, Jaime! ¡Yo misma me doy horror! ¿Yo cubriré su nombre de ignominia; yo destinaré á eterno oprobio el nombre de mi marido, que es el mío? ¿Las gentes al mirarme lo pronunciarán con befa y con maliciosa risa? ¡Dios mío, Dios mío! ¡Yo pierdo la cabeza! ¿Y cómo amarle sin embargo? ¿Es mío por ventura mi corazón? ¡Macías, me has perdido! Oye, Jaime, si le ves por acaso, dile que nunca, nunca torne á mi presencia. Que huya, que huya. Le adoro, sí, le adoro. Díselo tú también: pero que huya. ¡Qué delirio el mío! ¡Qué locura! ¡Mi voz se ahoga!
—Hermosa prima, Fernán Pérez vuelve. Serenaos.
—¡Vuelve, vuelve! ¡Ah! evita su furor. Déjame á mí: muera yo sola: ¡yo su castigo merecí!
—¡Ah! no, no parto si lloráis así.
—Parte. Sí, dices bien, no lloro ya, dijo con interrumpidos sollozos Elvira, enjugándose los ojos rápidamente, y empujando con una mano al paje; parte: que no te llegue á ver.
—¿Dónde está, gritó Hernán Pérez; dónde el insolente que osa jugar con mi cólera y desafiarla?
—¡Á Dios, Jaime! dijo en voz baja Elvira: corre... Teneos, Hernán Pérez... añadió arrojándose al paso de su esposo.
—¡Oh! decidme vos sino, gritó el hidalgo, ¿hay en esto, señora, otro misterio? ¿Qué significan vuestras lágrimas, vuestros sollozos, vuestra confusión?...
—Jaime, señor, es inocente, inocente: nunca quiso jugar con vuestra cólera. Todos os amamos aquí y os respetamos, todos; pero... mirad... oíd...