No podré explicar cuán mal se avenían á estar juntas unas con otras, y en aquel tan incongruente desván, las diversas prendas que de tan varias partes allí se habían venido á reunir. ¡Oh, si hablaran todos aquellos cautivos! El deslumbrante vestido de la belleza, ¿qué de cosas diría dentro de sus límites ocurridas? ¿qué el collar, muchas veces importuno, con prisa desatado y arrojado con despecho? ¿qué sería escuchar aquella sortija de diamantes, inseparable compañera de los hermosos dedos de marfil de su hermoso dueño? ¡qué diálogo pudiera trabar aquella rica capa de chinchilla con aquel chal de cachemira! Desvié mi pensamiento de estas locuras, y parecióme bien que no hablasen. Admiréme sobremanera al reconocer en los dos prestamistas que dirigían toda aquella máquina á dos personas que mucho de las sociedades conocía, y de quien nunca hubiera presumido que pelecharan con aquel comercio; avergonzáronse ellos algún tanto de hallarse sorprendidos en tal ocupación, y fulminaron una mirada de estas que llevan en sí una larga reconvención sobre el israelita que de aquella manera había comprometido su buen nombre introduciendo profanos, no iniciados, en el santuario de sus misterios.
Hubo de entrar mi sobrino á la pieza inmediata, donde se debía buscar la repetición y contar el dinero: yo imaginé que aquel debía de ser lugar más á propósito todavía para aventuras que el mismo puerto Lápice: calé el sombrero hasta las cejas, levanté el embozo hasta los ojos, púseme á lo oscuro, donde podía escuchar sin ser notado, y di á mi observación libre rienda que caminase por do más le pluguiese. Poco tiempo habría pasado en aquel recogimiento, cuando se abre la puerta y un joven vestido modestamente pregunta por el corredor.
«Pepe, te he esperado inútilmente; te he visto pasar, y he seguido tus huellas. Ya estoy aquí y sin un cuarto; no tengo recurso.—Ya le he dicho á usted que por ropas es imposible.—¡Un frac nuevo! ¡una levita poco usada! ¿No ha de valer esto más de diez y seis duros que necesito?—Mire usted, aquellos cofres, aquellos armarios están llenos de ropas de otros como usted; nadie parece á sacarlas, y nadie da por ellas el valor que se prestó.—Mi ropa vale más de cincuenta duros: te juro que antes de ocho días vuelvo por ella.—Eso mismo decía el dueño de aquel sortú que ha pasado en aquella percha dos inviernos; y la que trajo aquel chal, que lleva aquí dos carnavales; y la... —¡Pepe, te daré lo que quieras, mira; estoy comprometido; no me queda más recurso que tirarme un tiro!». Al llegar aquí el diálogo, eché mano de mi bolsillo, diciendo para mí: No se tirará un tiro por diez y seis duros un joven de tan buen aspecto. ¡Quién sabe si no habrá comido hoy su familia; si alguna desgracia... Iba á llamarle, pero me previno Pepe diciendo: «¡Mal hecho!—Tengo que ir esta noche sin falta á casa de la señora de W***, y estoy sin traje: he dado palabra de no faltar á una persona respetable. Tengo que buscar además un dominó para una prima mía, á quien he prometido acompañar...». Al oir esto solté insensiblemente mi bolsa en mi faltriquera, menos poseído ya de mi ardiente caridad. «¡Es posible! Traiga usted una alhaja.—Ni una me queda; tú lo sabes: tienes mi reloj, mis botones, mi cadena...—¡Diez y seis duros!—Mira, con ocho me contento.—Yo no puedo hacer nada en eso; es mucho.—Con cinco me contento, y firmaré los diez y seis, y te daré ahora mismo uno de gratificación... —Ya sabe usted que yo deseo servirle, pero como no soy el dueño... ¿Á ver el frac?». Respiró el joven, sonrióse el corredor; tomó el atribulado cinco duros, dió de ellos uno, y firmó diez y seis, contento con el buen negocio que había hecho. «Dentro de tres días vuelvo por ello. Á Dios. Hasta pasado mañana.—Hasta el año que viene». Y fuése cantando el especulador.
Retumbaban todavía en mis oídos las pisadas y le fioriture del atolondrado, cuando se abre violentamente la puerta, y la señora de H... y en persona, con los ojos encendidos y toda fuera de sí, se precipita en la habitación. «¡Don Fernando!». Á su voz salió uno de los prestamistas, caballero de no mala figura y de muy galantes modales, —¡Señora!—¿Me ha enviado usted esta esquela?—Estoy sin un maravedí; mi amigo no la conoce á usted... es un hombre ordinario... y como hemos dado ya más de lo que valen los adornos que tiene usted ahí...—¿Pero no sabe usted que tengo repartidos los billetes para el baile de esta noche? Es preciso darle, ó me muero del sofoco...—Yo, señora... —Necesito indispensablemente mil reales, y retirar, siquiera hasta mañana, mi diadema de perlas y mis brazaletes para esta noche: en cambio vendrá una vajilla de plata y cuanto tengo en casa. Debo á los músicos tres noches de función; esta mañana me han dicho decididamente que no tocarán si no los pago. El catalán me ha enviado la cuenta de las velas, y que no enviará más mientras no le satisfaga.—Si yo fuera solo...—¿Reñiremos? ¿No sabe usted que esta noche el juego solo puede producir?... ¡Nos fué tan mal la otra noche! ¿Quiere usted más billetes? no me han dejado más que seis. Envíe usted á casa por los efectos que he dicho.—Yo conozco... por mí... pero aquí pueden oirnos; entre usted en ese gabinete». Entráronse, y se cerró la puerta tras ellos.
Siguióse á esta escena la de un jugador perdidoso que había perdido el último maravedí, y necesitaba armarse para volver á jugar; dejó un reloj, tomó diez, firmó quince, y se despidió diciendo: «Tengo corazonada; voy á sacar veinte onzas en media hora, y vuelvo por mi reloj». Otro jugador ganancioso vino á sacar unas sortijas del tiempo de su prosperidad: algún empleado vino á tomar su mesada adelantada sobre su sueldo, pero descabalada de los crecidos intereses: algún necesitado verdadero se remedió, si es remedio comprar un duro con dos; y sólo mentaré en particular al criado de un personaje que vino por fin á rescatar ciertas alhajas que había más de tres años que cautivas en aquel Argel estaban. Habíanse vendido las alhajas, desconfiados ya los prestamistas de que nunca las pagaran, y porque los intereses estaban á punto de traspasar su valor. No quiero pintar la grita y la zalagarda que en aquella bendita casa se armó. Después de dos años de reclamaciones inútiles, hoy venían por las alhajas; ayer se habían vendido. Juró y blasfemó el criado y fuese, prometiendo poner el remedio de aquel atrevimiento en manos de quien más conviniese.
¿Es posible que se viva de esta manera? Pero ¿qué mucho, si el artesano ha de parecer artista, el artista empleado, el empleado título, el título grande, y el grande príncipe? ¿Cómo se puede vivir haciendo menos papel que el vecino? ¡Bien haya el lujo! ¡bien haya la vanidad!
En esto salía ya del gabinete la bella convidadora; habíase secado el manantial de sus lágrimas.
«Á Dios, y no falte usted á la noche», dijo misteriosamente una voz penetrante y agitada. «Descuide usted; dentro de media hora enviaré á Pepe», respondió una voz ronca y mal segura. Bajó los ojos la belleza, compuso sus blondos cabellos, arregló su mantilla, y salió precipitadamente.
Á poco salió mi sobrino, que después de darme las gracias, se empeñó tercamente en hacerme admitir un billete para el baile de la señora H... y. Sonreime, nada dije á mi sobrino, ya que nada había oído, y asistí al baile. Los músicos tocaron, las luces ardieron. ¡Oh utilidad de los usureros!
No quisiera acabar mi artículo sin advertir que reconocí en el baile al famoso prestamista, y en los hombros de su mujer el chal magnífico que llevaba tres carnavales en el cautiverio; y dejó de asombrarme desde entonces el lujo que en ella tantas veces no había comprendido.