—¿Para qué, preguntáis? ¿No os sirve, pues?
—¡Ah! dadme, dadme acá. Decidme, ¿de quién, para quién la tenéis?
—No os importa. ¿Conocéis su letra?
—¡Desdichado! ¿De qué la habría de conocer? Si tanto sabéis y adivináis...
—Bien: no importa. Miradla aquí.
—Su letra, Abenzarsal. ¿Es magia esto, es magia? ¿Deslumbráis mis sentidos por ventura con los artes de vuestra pérfida profesión?
—Leed y callad, añadió el astrólogo sacando de debajo de su ropa una linterna, cuya luz proyectó sobre un pergamino que le dió al mismo tiempo.
—¡Dios mío! dijo el doncel acabando de leer. ¿Es ella, lo sabéis, es ella la que escribe estas breves palabras?
—No: soy yo si os parece, dijo afectando enojo el pérfido viejo: á Dios; puesto que no queréis ser feliz, no os quejéis después.
—¡Ah! no, venid: perdonad, señor, si el exceso mismo de mi felicidad... ¿Es posible?...