—¡Ea! dejad vuestras pueriles exclamaciones. El tiempo corre. Partid. No convendría que nos viesen juntos. Sabéis que el hidalgo está con su alteza. Á Dios.
—Escuchad; teneos; ¡un momento! dijo Macías. Pero hablaba solo ya: el astrólogo había desaparecido con indecible presteza. ¡Qué confusión! prosiguió el doncel. ¡Tanta felicidad, Dios mío! Corramos; mas no. ¿Quién sabe los sucesos que me esperan esta noche? Sé que mi constelación me es contraria. Quiero buscar mi espada: con ella al lado, nadie, nadie podrá estorbar mi felicidad.
Dirigióse, dichas estas palabras, el animoso doncel á su habitación, y ciñó su espada cubriendo con un tabardo oscuro de velarte su elegante vestido, que no podía menos de haber llamado la atención de cualquiera que á aquellas horas se le hubiera notado, en el paraje sobre todo donde él pensaba que podría tener que esperar un instante propicio para su dicha.
Volvía á bajar la escalera del alcázar para salir al campo lo más presto posible, y antes de que se hubiesen cerrado las puertas de la villa, cuando un encuentro inesperado le detuvo, no tan á su pesar como podría parecerle á primera vista al que no supiese que el que hacía variar de aquella manera su primer pensamiento, era nada menos que el mismo, mismísimo pajecillo Jaime, á quien tan apurado y comprometido dejamos por causa del doncel en uno de nuestros últimos capítulos, que acaso no habrá olvidado todavía el lector.
—¡Jaime! dijo Macías.
—¡Señor caballero! repuso el paje no menos admirado y satisfecho. Buena la hicisteis la mañana pasada. ¡Ah! otra vez ved de ser más prudente.
—¿Acaso Elvira?...
—Mirad, de eso nada sabré deciros, sino que desde entonces esposo y esposa se tratan de una manera... La señora pasa llorando los días, y el señor rabiando las noches... la casa es un infierno. Felizmente á mi nada me tocó de lo que merecía. Pero á propósito, gózome de encontraros. Díjome mi hermosa prima...
—Más bajo.
—No, no hay peligro.