—¿Qué te dijo?
—Que si volvíais alguna vez, como habíais dejado prometido...
—¡Como ella misma!... querrás decir...
—Sí, bien... como gustéis.
—¿Y qué?
—Nada: no os aflijáis. Mirad: las mujeres son... vos lo conocéis mejor que yo...
—¿Qué hablas, pajecillo? Acaba.
—¡Ah! no, si os enfadais... tranquilizaos, y os diré...
—¡Acaba por Santiago! Juro por el infierno que estoy tranquilo.
—Me dijo, pues, contestó el paje aterrado de la extraña tranquilidad del doncel, que si volvíais, se os dijera que no estaba.