—¿Eso dijo? ¡Perfidia! ¡perfidia sin igual! ¿Y no lloró al decirlo, no tembló, miserable? Sed generoso con las damas: creed, creed un solo punto. ¡Salvad mi honor, huid, y volveréis!, que os amo, dijo, ¡y todo fué mentira! ¿Y yo salí y obedecí? ¡Necio! ¡insensato! ¡Ah! ¡maldecida generosidad! Paje, ¿me engañas? prosiguió después de una breve pausa, en la cual dió mil vueltas al pergamino que le acababa de dar el astrólogo. No pudo decir eso: tú burlas mi dolor, y tú...

—¿Yo, señor, yo? Me obligaréis á deciros lo que añadió...

—¿Qué añadió, santo Dios?

—Pues mirad, añadió que se os dijera á vos mismo que ella había dado aquella orden.

—¿Eso? ¡Ella! ¡Ella misma! ¡Oh ultraje! ¡oh rabia! Paje, ¿conoces tú su letra?

—Poco, señor.

—¿Es ésa? dijo Macías acercándola á un farol de la escalera inmediata.

—Paréceme que... sí... cierto; yo á lo menos... verdad es que yo no sé escribir. Yo soy mal juez.

—¿Cuándo dijo lo que me acabas de referir?

—Aquel día mismo.