—¡Respiro! Algún objeto llevaría. Vuela á tu prima, Jaime: dile que me diste ese recado, y que respeto sus motivos. Escucha. Con respecto á su cita, dile que antes de una hora...

—¿Cómo? ¿os cita?

—¡Silencio!

—¿Y os quejabais vos? Decid entonces que el engañado he sido yo. Ya me encargaré yo de esos recaditos en adelante, para que me cuesten una oreja el día menos pensado, y que la señora luego... ¿Es posible, señor caballero, que han de engañar las mujeres hasta á sus mayores amigos? ¡Á todo el mundo, señor... á todo el mundo!

—¡Ea! ¡Silencio! y separémonos. Nada digas, nada hables. En estos asuntos, Jaime, la palabra escapada revuelve sobre el que la dijo, y las imprudencias se pagan con la vida. ¡Á Dios, á Dios!

Dichas estas palabras, continuó el doncel su camino, pidiendo á su señora en su borrascosa imaginación mil perdones por la ligereza con que la había inculpado, en aquel momento mismo en que acababa de darle, según él, la prueba más singular de su constancia y fidelidad.

Llegó el paje entre tanto á Elvira, y refirióle lo ocurrido. Mil y mil ideas se cruzaron en la imaginación de la desdichada. Deseosa, sin embargo, de aclarar aquel misterio, y bien decidida á no exponerse de nuevo al peligro que no podía menos de correr con el arrebatado doncel, ¡Jaime, dijo, quiero salvarme á toda costa! Le amo, le amo con furor; y el infeliz lo sabe. No le vea, no le hable. Mi honor es lo primero. Juzgue de mí lo que quisiere. Escucha. Yo de mí misma desconfío y tiemblo. Sus ruegos pudieran vencerme... Por otra parte, esa cita sólo puede ser un artificio... acaso una horrible maquinación, un lazo que nos tienden. Mira: toma esa llave, y ciérrame por fuera; de esa manera no le podré yo abrir aunque sus ruegos me ablandaran. Corre en seguida en su busca. ¿Dónde iba?

—Bajaba la escalera del alcázar.

—¡Soy feliz! Todavía no viene en mucho tiempo. Búscale, Jaime, búscale. Dile que es inútil; que nunca le he citado; que es mentira; que su vida peligra; que está Fernán conmigo... lo que quieras. Que no venga y lo demás no importa. ¿Qué sería de mí si Hernán?... ¿Será él por ventura, será él el que de esta suerte intenta?... ¡Qué horrible maquinación!—Hizo Jaime lo que su hermosa prima le rogaba con no poco miedo de verse metido á su edad en tan gran laberinto de riesgos y de intrigas, pero con toda la decisión al mismo tiempo de que es capaz la fidelidad.

—¡Otra vuelta! dijo Elvira al paje, que cerraba ya por defuera. Así: ¡á Dios! Si mi esposo viene, él tiene otra llave. ¡Yo os doy gracias, Dios mío, añadió postrándose con cristiano fervor; yo os doy gracias, Señor, por el peligro de que me habéis librado!