¿Creerás que huyendo de la turba aleve
De los necios, sin fin, siempre he buscado
Un rincón en el mundo oscuro y breve,
Donde esconderme de ellos resguardado?
¿Y presumes que en balde lo pretendo
Desde que la razón su luz me ha dado?
Donde quiera que voy, vanme siguiendo;
Agárranse de mí, como la yedra
Del árbol que la vive sosteniendo.
Entre los pies me nacen, como medra
Entre cepas la grama; que parece
Que aquí produce un necio cada piedra.
Ni me sirve correr, que también crece
Su paso con el mío, ni el embozo
En los ojos llevar aunque tropiece.
Me ven, y danme gritos sin rebozo.
¿No es el fatuo don Blas aquel que alarga
El paso allá detrás con tanto gozo?
¡Ay del que sufra su infernal descarga!
¿Es él, mi Andrés? Pues en mi busca viene,
Que tengo de eso mi experiencia larga.
No hay escapar, que hablarme se previene.
Ayúdame á salir de tanto aprieto,
Y dejémosle aquí si nos conviene.
«¡Don Juan!—¡Don Blas!—Os busco.—¿Sí?—Un soneto
Os tengo que pedir.—Andrés, ¿no digo?—
No os le perdono por ningún respeto:
Que sobre ser poeta sois mi amigo.—
Pues ¿qué ocurrió, don Blas? Vuestra honda saña
¿Qué vestigio mató, qué alto enemigo?