—¿Perderle yo á tu lado?
—Cesa ya, y parte.
—¿Me llamas, señora, para escuchar de nuevo tus rigores?
—¿Yo os llamé, Macías?
—¿Qué escucho? dijo levantándose. ¿Cuya es, pues, esa letra?
—¿Esa letra? ¡Cielos! los traidores la han fingido.
—¿La han fingido, señora?
—Para perdernos, sí.
—¿No es vuestra? ¡Crédulo yo, insensato! ¡Cierto es, pues, lo que Jaime me asegura!
—Todo, sí, todo es cierto: huid; no os quiero ver: os aborrezco.