—¿Me aborrecéis? Pues bien, nos perderán. Ya su triunfo es completo. ¡Pérfida! añadió después de haberla contemplado un momento. ¿De esta suerte pagáis mi generosidad? ¡Tres años de silencio! Hablo, por fin, hablo para ofreceros más generosidad, mayor sigilo aun, amor más grande, ¡y no os ocurren en pago sino pérfidos medios de engañarme! Sed noble, señora, hasta en la perfidia misma. Medios hay aun de ser noblemente malo. ¿Sois veleidosa? ¿Por qué no me decís: «¡Macías, soy mujer! ¡Plúgome vuestro amor, mas hoy me cansa! No es para mí, que es harto grande». Yo agradeciera vuestra nobleza entonces.
—Acabemos, Macías: no más reconvenciones, no. Idos, y nunca más volváis. Toda comunicación, todo vínculo es roto entre nosotros. Si prendas teníais de mi amor, si insistís en creer que mis ojos, mi lengua, mis acciones os prometieron algo, en buen hora, creedlo, devolvedme empero mi libertad...
—¿Que os la devuelva, señora? Volvedme vos la dicha, volvedme la confianza.
—¡Qué suplicio! por piedad, partid.
—¿Partir? ¡Qué delirio! Mi vida hoy, ó mi muerte. No os creo ya: nada espero de vos. Todo de mí. Oídme.
—Soltad mi mano.
—No, sois mía, y lo seréis.
—¿Y ése es amor tan grande? ¿Me amáis vos, y me amáis comprometiendo mi honor y mi existencia?
—Sí, porque tú y yo no somos ya más que uno. Los dos felices, ó desgraciados ambos. Uniónos el amor: la muerte sola nos separará. Volved los ojos hacia mí, volvedlos: inútil es retirarlos: me veis, me veis donde quiera que los volváis: cerradlos, y aún me veréis. Decidme que me amáis. Mentid, señora, si no es cierto: decidlo empero por piedad, y salgo.
—Jamás, jamás, profirió débilmente Elvira, procurando en vano desasirse de los amantes lazos en que la tenía presa el impetuoso doncel.