—¿Jamás decís? Pues escuchadme, repuso Macías con el acento de la más profunda desesperación. Yo había nacido para la virtud: vos me consagráis al crimen. No hay sacrificio inmenso de que no fuera mi corazón capaz, ó por mejor decir, el amor era mi constelación. Encontrando en el mundo una mujer heroica, era mi destino ser un héroe. Encontrando una mujer pérfida, Macías debía ser un monstruo. Yo os di á elegir, señora: nuestra felicidad, y el secreto y cuanto vos exigieseis, ó el escándalo y mi muerte. Vos elegisteis lo peor: escrito estaba así. ¡Muerte y fatalidad!
—¡Ah! silencio, silencio. No me maldigas ya: ¡desventurada!
—Sí: todo es ya acabado entre nosotros. Nuestra felicidad ha sido una borrasca; formada como el rayo en la región del fuego, debía destruir cuanto tocara. Ha pasado como el rayo, pero como el rayo ha dejado la horrible huella de su funesto paso. Tu amor, tu amor, ¿quién lo creyera? era el único que no debía dejar más señales de su existencia en tu corazón de hielo, que las que deja la ave que atraviesa rápidamente el cielo, que las que deje sobre tu labio abrasador este ósculo de muerte, que recibes, bien mío, á tu pesar.
—¡Ah! exclamó Elvira, reluchando inútilmente; soy perdida, perdida para siempre.
—Y mil y mil, añadió frenético Macías, prendas son todos de nuestra próxima muerte. Ellos son, Elvira, la agonía del amor. ¿No sientes el fuego inmenso que encienden en las venas? ¿No percibes el tósigo? Bórralos jamás, olvídalo si puedes, y olvídame después. Venga la muerte ahora, añadió desasiendo á la infeliz Elvira, que, perdidos los ojos en el techo y pálido el semblante, cayó desprendida del doncel sobre el sitial inmediato.
Un momento de pausa y de silencio, semejante al que llena de misterioso terror al caminante después del fragoroso estampido de la exhalación eléctrica, sucedió á las últimas palabras del doncel. Arrodillado á las plantas de Elvira, imprimía todavía en una de sus manos, hermosas como el alabastro, sus trémulos labios; no lloraba ya Elvira, no derramaba una lágrima Macías. En las grandes situaciones de la vida no halla salida el llanto. La inmovilidad del mármol, el estupor de la postración son los caracteres de las emociones sublimes. El silencio entonces es elocuente, porque no hay palabras en ninguna lengua ni sonidos en la naturaleza que pinten el amor en su apogeo, que expliquen el dolor en toda su intensidad.
—¡Elvira! dijo por fin Macías. ¡Cuán desgraciados somos!
—Partid, partid, profirió con trabajo Elvira. ¡No queráis, señor, que lo seamos aún más! Ésta es la última vez que nos veremos.
—¡La última! sí: porque la muerte llega.
—¡Ah! no; no lo esperéis. Ya todo se ha concluido entre nosotros: ahora es cuando os lo digo, sabedlo; os he querido, señor, os he querido, como nadie volverá á querer. Salvadme ahora, después de esta confesión.