—¡Ah, lo decís por fin! tiempo es aún... decid que ahora me queréis, y huyamos. Pero huyamos los dos.
—No es tiempo ya, no es tiempo. Sed generoso vos ahora: no apure el vaso yo del crimen y del deshonor. Nunca ya nos hablaremos, Macías...
—¿Nunca, señora?...
—Desistid... ¡por Dios!
—Os juro que no desistiré.
—Ved que los asesinos se acercan acaso ahora... Ah: no me hagáis aborrecer la vida; no me obliguéis á maldeciros.
—Sí: maldíceme ahora... ¿mas qué rumor?...
—¡Ellos son, ellos son! gritó Elvira precipitándose hacia la puerta. ¡Los traidores!
Oyóse efectivamente ruido de armas y personas al pie de la reja.
—¡La puerta está cerrada, gritó Elvira, y él sólo puede entrar!