—Díme que me amas, exclamó Macías; decídete, en fin, señora, á participar de mi suerte; dime que siempre me amarás; y mi espada aun nos abrirá paso al través de los pérfidos asesinos.
—No, no, Macías: no muera deshonrada, gritó Elvira sin saber adónde refugiarse. ¡Dios mío! compasión. ¡Dios mío! Salvaos solo, Macías.
—Contigo, Elvira.
—Jamás, repuso Elvira abrazándose á un alto crucifijo de plata que sobre una mesa lucía. El cielo maldice nuestro amor y... yo...
—¡Silencio! Por última vez. Ved, señora, que algún día diréis es tarde, es tarde, y diréislo entonces con dolor. Ahora que es tiempo todavía.
—No, Macías, no; yo le maldigo nuestro amor.
—Elvira, pues, á Dios. Mi muerte es tuya, como fué mi vida.
Al decir estas palabras Macías cogió su espada, y poniéndola rápidamente sobre su rodilla, partióla en dos desiguales trozos, que después de abrir de par en par las maderas de la ventana lanzó contra los que ya trepaban por la reja.
—¡Hernán Pérez! gritó. ¡Hernán Pérez! Heme aquí sin defensa. La muerte os pido, la muerte.
—¡Macías! exclamó Elvira desasiéndose del crucifijo, y arrojándose hacia la ventana. Era tarde empero. Macías se había lanzado ya fuera de la reja.