—¡Es nuestro! ¡es nuestro! retirarnos: ¡basta! clamaron á un tiempo varias voces.

—¡Ah! gritó Elvira con una expresión difícil de pintar. ¡Socorro! ¡Socorro!

Al mismo tiempo sonó la llave en la puerta. ¡Él es! ¡él es! gritó Elvira. ¡Santo Dios! ¡Piedad de mí, piedad!

Un chillido agudo y espantoso terminó tan horrorosa escena. El que entró se dirigió hacia la reja, mirando en derredor, y nada descubrió. Tendió en seguida la vista por la habitación, y sólo vió en el suelo el cuerpo de una hermosa privada enteramente de sentido.


CAPÍTULO XXXII

En Castilla está un castillo
Que se llama Rocafrida;
Tanto relumbra de noche
Como el sol á medio día.

Rom. de Montesinos

Existe á cinco leguas de Jaén una población pequeña ahora, y pequeña en los tiempos á que se refiere nuestra narración, que tiene por nombre Arjonilla, ora por haber sido fundación de algunos habitantes salidos de Arjona, ora por su inmediación á ésta ó por las relaciones que con ella pudo tener en lo antiguo. Pertenecía esta villa al maestrazgo de Calatrava, y era una de las primeras que se habían declarado por don Enrique de Villena, á causa de la influencia que le daban á éste en aquel punto varias posesiones que en su territorio tenía. En el siglo XV presentaba el aspecto que aún en el día suelen presentar muchos pueblos de nuestra patria. Algunas casas que, más que viviendas de hombres, parecían cuevas de animales, esparcidas aquí y allí, formaban irregulares callejones. No era sin embargo tan pequeña su importancia que tuviesen que acudir sus habitantes á algún pueblo vecino de mayor cuantía para cumplir con sus deberes espirituales. Poseía una iglesia parroquial, no muy grande en verdad, pero que no dejaba por eso de bastar para su reducido vecindario, y que se hallaba bajo la protección y advocación de santa Catalina. En el día será todo lo más si puede traslucirse su antigua grandeza en los restos míseros que la constituyen en la humilde jerarquía de ermita; pero en el reinado de Enrique III nos dice Jimena en sus anales eclesiásticos de Jaén, no sólo era la iglesia parroquial, sino que era una obra moderna que no tenía más fecha que los años que hacía que había sido reconquistado aquel país á los Moros.

Á cosa de un cuarto de legua del pueblo rivalizaba en grandeza con la iglesia parroquial un castillo sombrío y viejo, que si no era de los más fuertes y afamados de Castilla, no dejaba por eso de ser sólido, y una de las posiciones militares más ventajosas de la comarca. Edificado como todos los de aquel tiempo en una eminencia, mejor diremos en la punta de una peña, podía servir de reducto á un tercio militar en retirada, ó de baluarte á un destacamento avanzado de un ejército invasor. Tenía su doble muralla almenada, torres, foso, contrafoso, puente levadizo, en una palabra, cuanto hacía necesario en semejantes edificios la táctica militar de ataque y defensa de aquella época belicosa y de perpetuo temor y desconfianza. Crecía la yerba tranquilamente en derredor de las almenas, prueba evidente de que había mucho tiempo que no oponían obstáculos los artes de la guerra á su abundante vegetación. Un largo litigio que sobre la pertenencia del tal castillo había sostenido contra la corona de Castilla la orden de Calatrava había sido ocasión de hallarse inhabitado algunos años, y se habían adherido á él, como en aquellos tiempos de ignorancia solía frecuentemente suceder, mil vagas tradiciones, mil supersticiones fabulosas que habían consolidado algunos malhechores, cobijándose en él secretamente y haciéndole cuartel general y centro de sus operaciones. Era fama por el país que en tiempos anteriores un Moro, mago, si jamás los hubo, había sido fundador del castillo, cuya construcción se perdía en los tiempos remotos de la conquista y reconquista; opinión á que no daba poco realce el color negruzco de la piedra, y el aspecto todo venerable y misterioso de sus antiquísimas murallas. El mago había construido el castillo, según la más recibida opinión, para satisfacción de odios y rencores propios suyos: en él había atormentado durante su vida á muchas hermosas doncellas que no habían querido rendirse á sus brutales deseos, pues todas las tradiciones convenían en que éste había sido el flaco del Moro encantador y descomunal. Añadíase á esto que no había faltado razón para ello, pues se refería de él la siguiente historia. El Moro había amado en sus lucidos abriles á una Mora llamada Zelindaja, hija de un reyezuelo de Andalucía; la cual había correspondido primero á su pasión, pero le había dejado después sin verdadero motivo por otro y otros Moros sucesivamente con la natural facilidad y ligereza de su sexo leal y encantador. El Moro, que debía de haber sido hombre de suyo sentado y poco aficionado á mudanzas, había tomado la cosa muy á mal y el desaire muy á pechos, y en vez de volver los ojos á otra Zelindaja mejor que la primera, lo cual hubiera sido determinación de hombre prudente, había jurado vengarse castigando en el sexo toda la culpa de uno de sus individuos. He aquí la causa de su odio á las mujeres: para lograr sus fines habíase dado á la magia y á la confección de bebidas y filtros amorosos. Con ellos enquillotraba á las doncellas, las cuales, al punto que apuraban á poder de engaños la pócima, así quedaban del Moro enamoradas como si en el mundo no hubiera habido otro hombre ni moro ni cristiano. Entonces entraba la parte de su venganza; entonces el pícaro Moro hacíase de pencas y dejábalas llorar y suplicar, suspirar y gemir por los sus encantos, con lo cual íbanse consumiendo y acabando las enquillotradas doncellas como bujía que se apaga. Conforme las iba el bribonazo del encantador seduciendo, íbalas encerrando en el castillo, y era todo su placer, cuando veía á una ya tan madura y encaprichada de él como juzgaba necesario, hacerla testigo de los enamorados motetes y de las apasionadas caricias que á otra fingía, usando después con ésta y con todas las sucesivas de igual odioso manejo. Mesábanse los cabellos las infelices, y decíanle injurias y ternezas; pero el Moro había aprendido tan bien de su Zelindaja, que hacía oídos de mercader, y no parecía sino que había nacido hembra y mora más bien que varón y moro. Todo lo más que solía decirlas cuando las veía presas en las redes de su pérfido amor era contestarlas como le había contestado á él Zelindaja:—Mi honor, les decía, no lo consiente.—Cede, bien mío, replicaban ellas.—Imposible, reponía él con grave remilgamiento y afectado pudor y compostura. ¡Mi honor es lo primero!—¿Y los juramentos, ingrato, y las promesas, falso? solían responderle.—¿Yo juré nunca, prometí yo acaso? añadía el Moro haciendo el olvidadizo.—¿Y los placeres que gozamos?—¡Insolente, qué osadía! ¿cuándo, en dónde?—Ved que mi muerte, Moro mío, será obra de tu rigor, acababan ellas.—Podéis hacer lo que gustéis, concluía entonces el redomado Moro cogiendo un abanico, é imitando con él y con el desvío de sus ojos el antiguo sistema de su pérfida Zelindaja. Con lo cual tenía á las perdidas doncellas en un infierno perpetuo, muy parecido al que pasan voluntariamente en esta vida los incautos que dan en creerse de palabras y juramentos, de prendas, en fin, y de ternezas de moras pérfidas y veleidosas.