—¿No habrá, bellaco? ¿Cómo diablo tengo de gustar entonces?...

—Como gustéis, señor caballero; pero es decir que vuesa merced sabe que en estas casas...

—En estas casas... ¡voto va! Queréis cenar, y os dicen: Se guisará lo que traigáis de vuestro repuesto. ¿Queréis dormir? Traeréis cama. ¿Qué hay, pues, posadero que Dios maldiga, en una posada?

—Lo que gustéis, señor, lo que gustéis... no siendo cosa de comer, ni de cama, ni cuarto, ni...

—Ni diablos que te lleven.

—Como gustéis, señor: ¡eh! ¡eh! repuso el hostalero sopesando en la mano la moneda de oro. Lo más, señor caballero, que puedo hacer por vos si urge...

—¿No me ha de urgir, pícaro?... Mañana por cierto no dormiré aquí; pero en el castillo parece que están tan provistos como si fuera una posada. No esperaban á nadie, y hasta mañana... Vamos, hablad: ¿no veis que escucho? ¡Voto va!

—Como gustéis... podéis dormir en la cama de mi mujer...

—¡Por Santiago! hereje... ¿es tu mujer esa vieja?

—Es decir, señor, que la cama de mi mujer es la misma que la mía: llámola así porque la trajo ella en dote, y gusto de dar á cada uno lo que es suyo.