—¡Ah! de ese modo... porque de otro...

—Como gustéis; y nosotros dormiremos como podamos.

—Ea, pues, guiad, que he menester madrugar, y voto va que estoy cansado.

—Como gustéis, señor caballero. Señores, con perdón de ustedes, añadió el hostalero echando mano del candil que alumbraba á los que cenaban en la otra mesa, y atizándole con los dedos: bien pueden vuesas mercedes cenar á oscuras, porque hoy no hay más que un candil en la casa, contando con éste.

Dicho esto, echó á andar delante del viajero con su risita y su natural sumisión, cuidándose poco de lo que quedaban diciendo las gentes de baja ralea que hospedaba aquella noche en su casa, y á quienes con tan poco comedimiento había devuelto al caos y á las tinieblas de que el Hacedor supremo los había sacado al criarlos.

—¿Habéis visto, Peransúrez? dijo al otro uno de los que cenaban.

—He visto, he visto, repuso su comensal; y pluguiera al cielo que siguiera viendo.

—Decís bien, porque el bueno de Nuño, atraído sin duda por el color de oro del pelo ensortijado del forastero, nos ha dejado ¡vive Dios! como solemos quedarnos al fin de los sermones de nuestro buen párroco, es decir, á oscuras.

—¿Y sabéis quién sea el forastero?

—Nadie nos lo podrá decir mejor que el mismo Nuño, si es que él ve más claro en ese asunto que nosotros en nuestra cena.