Volvía á este tiempo Nuño, que así sé llamaba el hostalero: después de restituido el candil á su primitivo lugar, y de haberse excusado lo mejor que supo con sus huéspedes, comenzó á estregarse las manos con aire importante y misterioso, como de hombre que sabe raros secretos.

—Ya que habéis tenido por conveniente, señor Nuño, dijo Peransúrez, llevarnos la luz, que supongo no nos pondréis en cuenta, ¿no nos podríais dar algunas luces, en cambio de la que nos correspondía, acerca de ese misterioso personaje que albergáis en vuestro bien alhajado establecimiento?

—Alhajado, ó no, señores, como gustéis; es el mejor que de esta especie se conoce, voto á Dios, en muchas leguas á la redonda. Con respecto al forastero, no acostumbro á revelar...

—Vaya, señor Nuño, eche un trago de lo bueno, y siéntese y hable, que no nos dió el Señor en su sabiduría la lengua para callar las cosas que sabemos, dijo el más arriscado: harto trabajo tenemos con haber de callar por fuerza las que no sabemos. Ése será algún pícaro.

—¡Chitón! dijo el hostalero apurando un vaso. ¡Chitón!

—Dígolo porque en estos tiempos anda el dinero por las nubes, y no se cogen truchas...

—Como gustéis; ¡pero Dios me libre de que se quite en mi casa la honra á nadie! Además, yo no suelo tratar de pícaro á un hombre que se ha cenado en menos de un cuarto de hora media despensa, y que paga... y que pagará...

—En hora buena, señor Nuño. ¿Y qué nuevas trae de la corte el hombre honrado que ha cenado media despensa?...

—Que á la hora ésta estará ya la corte en Otordesillas, adonde se traslada porque nos ha nacido un príncipe...

—¡Oiga! Tendremos mercedes.