—Sí, algún impuesto nuevo para sufragar á los gastos de las funciones, dijo uno de los huéspedes. ¡Voto va! que para nosotros pecheros...
—Como gustéis, señores; pero mirad que mi casa...
—Voto á la casa, señor Nuño, que hemos de hablar, y no nos habéis de quitar la conversación como la luz. Á oscuras vemos aquí más claro que todos los hostaleros encandilados y por encandilar de Castilla y Andalucía. Vaya, ¿qué más dice el forastero? Echad otro trago, que aún queda luz en nuestros bolsillos para aclarar más de un punto.
—Parece que su alteza ha decidido que en cuanto llegue á Otordesillas se reúna el capítulo de Calatrava y elijan maestre.
—¡Voto va! Buena estará la elección, cuando ha elegido ya su alteza. ¿Y á quién, señor, á quién? Á un hechicero más nigromántico que el mismo Moro del castillo. ¿Y qué se le ha perdido al señor pelo rojo en Arjonilla?
—Más bajo, señores, dijo el pobre hostalero, que necesitaba vivir con todo el mundo.
—Será de la pandilla que llegó ayer, y que esperó fuera del pueblo á que anocheciera, sin duda por no enseñar algún punto que traería en las medias.
—Como gustéis, repuso el hostalero. Lo cierto es que llegaron al castillo, que pertenece en el día al de Villena: que les fueron abiertas las puertas; que el maldecido alcaide que le guardaba ha cedido las llaves al señor pelo rojo, como le llamáis, y que ha venido á hospedarse aquí, dejando en el castillo á su gente. Con respecto á ese punto que decís, hay quien asegura que han traído un prisionero...
—¿Un prisionero?
—¡Chitón!