—La verdad, señor Peransúrez, contestó su compañero, que en esas materias... bueno es mirar dos veces...

—Vaya, ya veo yo que vos no servís para caballero andante y aventurero. ¡Voto va! ¡que no tuviera yo aquí en Arjonilla á mi amigo Hernando, el montero de su alteza!

—¿Para qué, señor monacillo, y sacristán después de la Almudena, ahora montero y guardabosques? preguntó Nuño con aire socarrón.

—¿Para qué, voto á tal? Desde que me hicieron guarda de los montes de esta comarca por su alteza, no he vuelto á emprender una sola aventura de las que solíamos acometer y vencer en nuestros abriles. Con Hernando al lado, ya me curaría yo de Moros y malandrines, de encantadas moras y cristianas. Yo entraría en el castillo, ó quedaríamos en él entrambos encantados, ó desencantaríamos con la punta de un venablo al mago, y á cuantos magos nos fuesen echando á las barbas...

—¿Entrar en el castillo decís, eh?... preguntó sonriéndose el hostalero.

—¿Y por qué no?

—Más fácil sería entrar en vida en el purgatorio, señor monacillo y sacristán, montero y guardabosques.

—Eso no ¡voto va! que para entrar en el castillo no he menester yo á Hernando, ni á nadie.

—¿Vos?, preguntó de nuevo el hostalero, soltando la carcajada; aunque supierais más latín que todos los sacristanes juntos de Andalucía.

—Yo: apostemos, repuso Peransúrez, picado de la risa del amo y de sus frecuentes alusiones á su sacristanía de la Almudena.