—De buena gana, contestó Nuño.

—Una cántara de vino y media docena de embuchados de jabalí para todos los presentes, gritó Peransúrez dando una puñada en la mesa, que estuvo por ella largo rato á pique de zozobrar.

Al llegar aquí la conversación acalorada del montero Peransúrez acercáronse todos los que en el hogar estaban.

—Señores, sean vuesas mercedes testigos, clamó Peransúrez; Nuño y yo...

—¡Peransúrez!, dijo en voz baja al oído del montero exaltado un hombre de no muy buena apariencia que había entrado no hacía mucho en el mesón, y en quien nadie había reparado, tanto por su silencio, como por hallarse el amo de la venta entretenido en la referida discusión; ¡Peransúrez!

—¿Quién me interrumpe?, gritó Peransúrez, volviéndose precipitadamente al forastero.

—Oíd, contestó éste apartándole una buena pieza de los circunstantes, que quedaron chichisveando por lo bajo acerca de la apuesta, y de la posibilidad de llevarla á cabo, y del valor de Peransúrez, y de la interrupción del recién venido.—¿Habláis seriamente, seor Peransúrez?, dijo éste, tapando todavía su rostro con su capotillo pardo.

—¿Cómo si hablo seriamente?, gritó Peransúrez.

—Más bajo, qué importa. ¿Insistís en lo que habéis dicho de aquel montero vuestro amigo?

—¡Sí insisto, voto va! Cuando yo he dicho una cosa... una vez...