—¡Bueno! ¿Queréis montear con un amigo?
—¿Pero á qué viene?...
—Mirad... dijo el recién llegado desembozándose parte de su cara.
—¿Qué veo?, exclamó Peransúrez, ¿es posible? ¿vos?
—¡Chitón! Me importa no ser conocido.
—Dejad, pues, que cierre mi apuesta... y esperadme...
—No: ciad en la apuesta. El buen montero ha de saber perder una pieza mediana cuando le importa alcanzar otra mayor. Si queréis entrar en el castillo y desencantar á esa Mora, nos importa el silencio.
—Pero, ¡y mi honor!
—¡Voto va! por el Real de Manzanares, algún día quedará bien puesto el honor de vuestro pabellón. En el ínterin ved que nos ojean, y si no nos hemos de dejar montear, bueno será que no escatimen nuestro rastro. Os espero fuera y hablaremos largo.
—En buena hora, repuso Peransúrez. Señor Nuño, añadió volviéndose en seguida á los circunstantes, un negocio urgente me llama. Mañana, si os parece, cerraremos la apuesta. Dijo, y salió.