Entendióme el animal, Peransúrez; ¡admirable Brabonel! No bien le hube dicho aquella breve exhortación, comenzó á olfatear la tierra, y antes de dos minutos ya se había decidido por una senda. Quise probar, sin embargo, la certeza de la huella, y aparenté ir por otra, gritando siempre: «¡El doncel, el doncel!». Viéraisle entonces correr á mí, echar por la otra, ladrar, aullar, tirarme, en fin, de la ropa con los dientes. ¡Ah! ¡Brabonel, Brabonel, luz de mis ojos! añadió el montero abarcando con la mano el hocico del animal, é imprimiendo en él un beso, más lleno de amor y de cariño que el primero que da un amante al tierno objeto de su pasión. ¡Brabonel! el que no ha tenido un perro no sabe lo que es querer y ser querido. ¿Qué sirve la mujer? la mujer equivoca siempre la senda, la mujer empieza por montear al venado de casa, y el perro no engaña nunca como la mujer. ¡Brabonel, juntos hemos vivido, y juntos moriremos!

—¿Y seguisteis la huella? preguntó Peransúrez impaciente por saber el fin del cuento, que Hernando había interrumpido con tanto placer por acariciar al animal.

—¿Cómo si la seguí? á pasos precipitados, con toda confianza ya: dos leguas anduvimos. Allí encontramos un pueblo; tomamos lenguas; el herrador nos dijo que acababa de pasar una partida de jinetes; que habían hablado pocas palabras, pero que habían tenido que detenerse á herrar un caballo desherrado; que caminaban de prisa; que debían llevar un preso, según las señas, y que habían pronunciado en medio de su misterio la villa de Arjonilla. ¡Mía es la pieza! dije yo entonces. Até cabos y dije: «El preso es el doncel, y el que lo prende el conde de Villena». Efectivamente, el mismo día se había servido su alteza señalar el día quinceno para el combate que debía tener con el doncel Macías. ¡Más claro, Peransúrez! Era fuerza, sin embargo, asegurar mis dudas. ¿Qué hacía yo hasta entonces? y luego quise más fiar de mi brazo y de mi venablo el logro de mi intento. Volví á Madrid, y supe que la corte salía al otro día; sabedor de que don Luis Guzmán era el que, por su posición con Villena, debía interesarse más por mi amo, víme con él y expúsele mis dudas; declaréle mi intento: aprobó mi idea, y yo le confié el cuidado de llevar con su menaje á Otordesillas las prendas de mi amo y mías; entre otras la armadura mejor de Castilla, que si se perdiera, nunca de ello me consolara; es, al fin, la que tiene mi amo destinada por su buen temple para el aplazado combate. Armado después de mi ballesta y dos aguzados venablos, seguido de mi leal Brabonel, y disfrazado lo mejor que pude, púseme la misma noche en camino.

Ayer parece llegaron ellos. Hoy he llegado yo. He aquí, Peransúrez, la causa de mi venida. En aquel castillo, no hay duda, está el doncel. He aquí la presa que habemos menester rastrear. ¿Os acordáis, amigo mío, de un juglar de don Enrique de Villena, que Dios maldiga, hombre de pelo crespo y rojo?...

—¿Ferrus? Recuerdo su nombre; pero él...

—Ferrus, pues, está aquí, y ése es el guardián de mi amo. Le he visto subir á un camaranchón de arriba, cuando yo entraba en la venta. Por qué duerme en esta encrucijada y no en su osera, eso no lo alcanzo. Lo que entiendo sólo, Peransúrez, es que ése es el oso que hemos de montear. ¿Insistís en vuestro ofrecimiento, ahora que sabéis cuánto motivo puedo tener de guardar silencio y sigilo, y cuán peligrosa sea la empresa?

—¿Cómo si insisto? Hernando, dijo Peransúrez levantándose del suelo en que estaban sentados, no es ésta la primera montería en que hemos andado juntos. Amo el peligro como buen montero, y osos mayores que ése, amigo mío, me han prestado amistosamente piel para más de una zamarra. Examinemos, si os parece, la posición del castillo, discurramos el medio más prudente...

—El medio, Peransúrez, ¡voto va! es esperar aquí á ese perro de juglar, á esa raposa cobarde y rapaz, y clavarle en tierra con un venablo, como quien bohorda, más bien que como quien caza. ¿Merece siquiera los honores de ser comparado con una fiera noble y denodada?

—Guardaos, amigo Hernando, de ejecutar tan descabellado propósito. Bien veo que seguís necesitando un consejero prudente que temple el ardor de vuestra imaginación. Mataréis á Ferrus; pero ¿y luego?

—Luego, voto va, luego... Dirigidme, pues, en hora buena. Brabonel y yo estaremos atentos al ruido de vuestra bocina. Soy yo mejor en verdad para obedecer que para mandar. Pero voto á Dios que os despachéis pronto, y nos digáis cuanto antes contra quién he de disparar el venablo, que se me escapa él solo de las manos, y están ya los dientes de Brabonel deseando hacer presa en el animal.