—Ea, pues, venid: demos disimuladamente la vuelta al castillo; en seguida volveremos á Arjonilla: vendréis á tomar un bocado conmigo, que el buen montero, riñón cubierto, y mañana amanecerá Dios, y con su dedo omnipotente nos señalará el rastro de los malvados.

—Á la buena de Dios, replicó Hernando. ¡Brabonel, Brabonel, vamos! Guiad vos, Peransúrez, que conocéis la tierra.

Dichas estas palabras comenzaron los dos amigos su exploración, hecha la cual se retiraron á concertar los medios de introducirse en el castillo por más guardado que estuviera, y de salvar al doncel, que presumían hallarse dentro, con no pocos visos y fundamentos de verdad.


CAPÍTULO XXXIV

En una torre fué puesto
Con cadenas á recado.
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La condesa entrara dentro
Do está el conde aprisionado.
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Ambos hablan en secreto
Y conciertan en celado;
Que por librar tal persona
Á más que esto era obligado.

Rom. de Sepúlveda

Cuando Ferrus, encargado por el conde de Cangas y el astrólogo de la prisión del enamorado Macías, pensó albergarse en la hostalería del complaciente Nuño, no fué ciertamente porque no hubiese en el castillo albergue digno de él.

Es fuerza remontarnos más al origen de las cosas para explicar de un modo satisfactorio esta singularidad.

Fácilmente comprenderá el lector, impuesto ya en los diversos caracteres sobre que gira nuestra narración, que necesitando los dos autores de esta intriga el mayor secreto, sólo podían fiar tan importante comisión al que ya estaba forzosamente en él: el reparo de la falta de valor no podía tener en este caso mucho peso, porque habían de acompañarle otros, los cuales sólo sabían que debían prender á un hombre, sin saber quién fuese; y para mandar á estos y aprisionar con ellos á un caballero que salía descuidado de una cita amorosa no se necesitaba un gran fondo de arrojo y determinación. Por otra parte, Ferrus era hombre fríamente malo y cruel: ¿quién podía, pues, desempeñar mejor que él la inexorable comisión que se le confiaba? Lográbase además de este modo la ventaja de apartar de la corte al único hombre que podría en un caso adverso comprometer al conde, y la de tener en el castillo un ente capaz de cualquier acción determinada si llegaba ocasión apurada en que estorbase la existencia del preso. Combinadas estas diversas circunstancias, sólo quedaba que pensar en ligar el interés de Ferrus al feliz éxito de la expedición de una manera que hiciese imposible toda traición. El conde para esto creyó que no podría haber medios mejores que la gratitud por una parte y la esperanza del premio por otra; así, decidió hacer libre á su siervo y loco favorito. Quitóle el collar de metal que en seña de servidumbre llevaba, é hízole de su siervo su vasallo. Con extraordinario placer renunció Ferrus á su bonete de sonajas de juglar, y al molesto oficio de divertir con bufonadas á sus superiores; y sus sentimientos de fidelidad llegaron á tocar en un acendramiento difícil de explicar, ni menos de igualar, cuando el conde le manifestó que le hacía libre entonces para confiarle la alcaidía del castillo de Arjonilla; añadiéndole, que si desempeñaba fielmente este importante cargo, no pararía en esto solo su favor. Bien entrevió Ferrus, por consiguiente, que toda su prosperidad futura dependía de que Villena saliese con el maestrazgo; y siendo eso imposible si se llegaba á probar algún día que don Enrique había muerto á su esposa, hizo firme propósito Ferrus de consentir primero en que le hiciesen pedazos que en dejar la menor esperanza de salvación al asegurado doncel. Su muerte en último caso hubiera sido para él una grandísima friolera puesta en balanza con su futura grandeza.