Miraban los dos frailes á Ferrus, como buscando en sus ojos si encerraría alguna intención ó sospecha aquella pregunta hecha de aquel modo, ó si sería meramente casual é hija de la poca aprehensión del que la hacía. Parecióles en conclusión, que no se podía leer en los ojos de Ferrus sino la expresión del mosto, y no dudó en responder con cierta serenidad el mismo padre:
—Mi superior está achacoso; es sordo además tanquam tabula...
—Sí, que es gran sordera, repuso Ferrus, presumiendo que así se llamaba la enfermedad del padre.
—Y un tanto tierno de ojos, que es la razón de verle la capucha tan sobre ellos como notarán vuesas mercedes. La humedad, sobre todo, de esta noche debe de haberle perjudicado mucho. Benedictus qui venit. Venga ó no venga, añadió para sí el padre.
Efectivamente, no se le veía apenas rostro al padre que había permanecido callado. Ocultábale el medio de abajo una larga barba blanca, y su capucha le envolvía todo el medio de arriba.
—¿Y viajan siempre vuesas reverencias con esos mozos de estribo? preguntó Ferrus, reparando en un hermoso alano que casi detrás del padre silencioso reposaba, y que había entrado sin ser antes de ellos sentido.
—¿Ah? repuso el padre. Dios nos perdone esos medios mundanos de defensa. Aunque manet nobiscum Dominus, bueno es llevar además un amigo consigo. Es el perro del convento: nuestro reverendo abad no quiso que en estos tiempos de salteadores, ni el padre Juan, ni yo, padre Modesto, como me llaman, para servir á Dios y á vuesas mercedes, nos viniésemos sin ese corto auxilio siquiera para nuestra seguridad, si bien Deus vigilat.
—¿Y de dónde bueno, padre mío?, preguntó Ferrus con audaz curiosidad.
—De Jaén, hijo, repuso con extrema serenidad el padre; sí, hijo, de Jaén. Llevamos una comisión secreta, que bajo la fe de la obediencia no podemos revelar, para el reverendo prior del convento de Andújar de nuestra misma orden, que es como veis de san Francisco, hijos míos; pensábamos haber caminado toda la noche, y haber llegado allí antes de la mañana; empero Dios que nos ha enviado esta agua, y los achaques de mi compañero, nos han obligado á pedir hospedaje. Introibo, dijimos, ad altare.
—Y bien dicho, habló por fin el camarero, que había estado hasta entonces observando al silencioso fraile, muy bien dicho, aunque nosotros no lo entendamos. Pero lo dijo vuestra reverencia, y basta: si les parece á sus reverencias, que vendrán cansados, prosiguió el cortesano camarero, harémosles servir la refacción para que se retiren, señor Ferrus.