—Como gustéis, padres, repuso Ferrus, según el estribillo de mi huésped de ayer; porque han de saber sus reverencias que de dos dignos alcaides que tienen en su presencia ahora, ninguno sabe latín.
—En ese caso, Te Deum laudamus, repuso el padre respirando como aquel á quien le quitasen de encima una montaña.
—Gracias, contestó de nuevo Ferrus, no queriendo ser tachado de poco político por dejar sin respuesta una lengua que no entendía. Dos cosas debemos suplicar á vuestras reverencias, prosiguió: primera, que se quiten esos hábitos que traen mojados...
—Et super flumina Babylonis, dice el salmista: vetat regula, la regla nos lo impide.
—Sea en buen hora; pero la regla no impedirá á vuestras reverencias que hagan lo que vieren adónde quiera que fueren; primera regla de hospitalidad entre caballeros añadió Ferrus derramando vino nuevamente en las copas, y ofreciendo una al padre que había llevado hasta entonces la palabra.
Miráronse los padres uno á otro como para consultar entre sí lo que deberían hacer.
—¡Voto va! aquí se ofrece de buena voluntad, añadió Ferrus viendo su indecisión: ¿no es cierto, señor camarero?
—Vos lo habéis dicho, repuso el camarero tomando una copa. Pero si sus reverencias no se atreven por respetos al cielo, nosotros, viles gusanos de la tierra...
—Vinum lætificat cor hominis, interrumpió el padre. Nosotros agradecemos á vuestras mercedes la buena voluntad; pero sólo beberemos en la refacción si tenéis por bien hacérnosla servir: vuestras mercedes beban, y mientras, nosotros exultemus, et lætemur.
—Á la buena de Dios, dijo Ferrus vaciando su copa. ¿Y este padre que nada dice, es que no sabe latín, como si fuera alcaide?