¿Será que en mi muerte te goces impía,
Ó pérfida hermosa, muy más aún ingrata?
¿Así al tierno amante, más fino, se trata?
¿Cabrá en tal belleza tan grande falsía?
¡Llorad! ¡ay!, mis ojos, llorad noche y día,
Mis tristes gemidos levántense al cielo,
Pues ya en mi tristura no alcanzo consuelo,
Dolor hoy se vuelva lo que era alegría.

La copa alevosa, que amor nos colmó
También heces cría, señora, en mi daño.
Sus heces son ¡ay! fatal desengaño.
La copa y las heces mi labio apuró.
¡Ay triste el que al mundo sensible nació!
¡Ay triste el que muere por pérfida ingrata!
¡Ay mísero aquél, que así amor maltrata!
¡Ay triste el que nunca su dicha olvidó!

¿Por qué, justos cielos, en pecho amador
Tiranos me disteis una alma de fuego?
¿Por qué sed nos disteis, si en tósigo luego,
Bebido, en el pecho, se torna el licor?
Contempla, señora, mi acerbo dolor.
¡Ay!, torna á mis brazos, ven presto, mi Elvira;
Ingrata, aunque sea, como antes, mentira,
La dicha me vuelve, me vuelve tu amor.

No más á mis ruegos te muestres impía,
Ó pérfida hermosa, muy más aún ingrata.
No así al tierno amante, más fino, se trata.
No quepa en tu pecho tan grande falsía.
Dolor no se vuelva lo que era alegría.
Mas ¡ay!, si en mi pena no alcanzo consuelo,
Si en vano mis quejas se elevan al cielo,
¡Llorad! ¡ay! mis ojos, llorad noche y día!

Callaron al llegar aquí los lúgubres acentos de la cantinela, que había arrancado lágrimas de los ojos de aquéllos que silenciosamente la habían oído.

Seguros de que habían llegado al término de sus esperanzas, diéronse prisa á abrir la puerta que les faltaba traspasar, y en pocos minutos se hallaron al pie de la torre. El primero que salió fué el terrible alano, el cual no bien se halló al aire libre cuando comenzó á ladrar dirigiéndose á un objeto que se hallaba arrimado á la pared.

—¡Brabonel!, dijo Hernando. ¡Brabonel!, vamos, silencio.

—¿Quién va?, preguntó con voz ronca el centinela, enderezando su ballesta contra el montero, que salió primero á contener á su perro.

No tuvo lugar de preguntar segunda vez el centinela.

—¡Ése es quien va!, respondió Hernando lanzando su venablo, el cual fué recto á clavarse, silbando por el aire, en el pecho del faccionario, que cayó por tierra sin voz y sin aliento.