Resolvióse unánimemente que Hernando se despojaría del hábito que sobre su traje traía, y que lo vestiría lo mejor que pudiese la recién libre cautiva, porque si bien su estatura era muy diversa, también era de advertir que habían entrado de noche, que iban á salir al rayar el alba, y que probablemente no estarían á su salida de facción los mismos que lo habían estado á su entrada. Dos frailes habían entrado: dos frailes salían: nada había que decir, si durante la noche no se descubría su acción, cosa difícil, pues habían quedado cerrados por dentro y amordazados Ferrus y Rui Pero. Á la salida ningún obstáculo podrían encontrar dos frailes, pues durante la cena se había dado la orden de abrirles el rastrillo en cuanto se dejasen ver á la puerta al amanecer.
Cortó, pues, Hernando el hábito con su cuchillo de monte, y dejóle más adaptado á la estatura de la hermosa. Hecho lo cual trataron de buscar, por la parte que no habían recorrido aún, la prisión del doncel, dejando para después de encontrarla el determinar la forma de sacarle y salir el mismo Hernando del rastillo, cosa que á este le parecía sencillísima; pues todo se lo parecía cuando era hecho en obsequio de su señor, y cuando tenía en la mano su venablo y al lado su fiel Brabonel; el cual los seguía silenciosamente toda la noche como si estuviera penetrado de lo mucho que convenía el sigilo en aquella peligrosa tentativa.
CAPÍTULO XXXVI
Ya la gran noche pasaba
É la luna sextendía;
La clara lumbre del día
Radiante se mostraba;
Al tiempo que reposaba
De mis trabajos é pena
Oí triste cantinela
Que tal canción pronunciaba.
D. Enr. de Vill. Querella de amor de Mac.
No bien hubieron tomado la determinación que dejamos referida, echáronse á buscar otra salida, dispuestos siempre á hacer callar con sus venablos á cualquier centinela imprudente que hubiese podido comprometer su existencia. Felizmente no encontraron ninguno en dos escaleras que bajaron. Al fin de ellas una tronera les permitió reconocer la parte de la torre en que se hallaban: estarían como á diez varas del pie de la muralla interior.
Fatigados de la faena que la ignorancia de llaves les acarreaba, y aún más del silencio y cuidado con que les era indispensable proceder, tomaron allí algún descanso. La cautiva, que acababa de experimentar una emoción tan inesperada, y que en medio de su debilidad se hallaba abrumada bajo el peso del hábito desusado, y combatido su ánimo de mil dudas y esperanzas, por desgracia harto inseguras todavía, no pudiendo resistir á tantos afectos encontrados, hubo de apoyarse un momento en un trozo roto de columna, que felizmente encontró en la pieza en que á la sazón se hallaban. Perdían ya nuestros paladines la esperanza de dar con la prisión del doncel. Asegurábales sin embargo su compañera que en la noche anterior y á deshoras había creído oir un laúd débilmente pulsado, cosa que no le había acaecido nunca desde su llegada al castillo; este dato convenía con la fecha de la prisión de Macías; y hubiera jurado, les añadió, que salía el eco del pie de la torre. Esta advertencia sólo podía animar á los generosos amigos del prisionero. Sacando, pues, nuevas fuerzas de flaqueza, trataron de examinar qué hora podía ser. Sacó entonces Hernando la cabeza por la angosta tronera, y pudo distinguir que el cielo se había serenado; un viento fuerte de norte lanzaba hacia las playas africanas algunas nubes dispersas, restos de la pasada tormenta, y el pálido resplandor de la luna en su ocaso advirtió á Hernando, así como la posición de algunas estrellas que acertó á ver, que podría faltar una hora todo lo más para el alba. Al mismo tiempo que hizo esta observación nada favorable, el ruido acompasado de los pasos de un hombre le hizo sospechar que debajo de ellos debía haber al pie de la muralla un soldado de facción. Esta precaución le confirmó en la idea de que debía caer hacia aquella parte del castillo la buscada prisión. Resolviéronse, pues, á probar la aventura, poniendo el éxito en manos de Dios, á quien fervorosamente se encomendaron. Hernando hizo voto á la Virgen de la Almudena de una ofrenda proporcionada á sus cortos medios, y la cautiva prometió edificarle un santuario suntuoso si la sacaba con bien de tan peligroso trance. Iban ya á probar una nueva llave en la puerta que debía conducirlos, según todas las probabilidades, al pie de la muralla, cuando el rumor del laúd, que al punto reconocieron la hermosa y Hernando, los dejaron suspensos.
—¡Él es! dijeron á un tiempo los dos, apoyándose con esperanza la blanda mano de la bella en la tosca y curtida del montero. Escuchemos.
Un ligero preludio del trovador se siguió á su suspensión, y de allí á un momento una voz, harto conocida para ellos, entonó con lánguido acento una cántica, de la cual pudieron percibir los fragmentos siguientes, en medio de los sollozos que de cuando en cuando la interrumpían, y del monótono rumor del torrente, que á los pies de la torre por la honda zanja se desprendía.