—¿Mi muerte decís? preguntó la desdichada. ¿El bárbaro la ha propalado? ¡Justicia, Señor, misericordia! añadió levantando los ojos al cielo. Por piedad, continuó, ¿quién sois el que tanto os parecéis al montero de don Enrique? ¿Qué os trae á esta prisión?
Hernando, sumido en el más profundo letargo, apenas reconocía debajo de aquella palidez y cadavérico aspecto á la hermosa que tantas veces había visto triunfante en el mundo de lujo y de belleza.
—¡Monstruo! dijo por fin para sí, ¡monstruo, monstruo abominable!
—¿Quién sois? acabad; y ¿qué queréis? tornó á preguntar la encerrada: ¿venís á prolongar mis males, á remediarlos por ventura?
—Á salvaros, señora, repuso Hernando. Conocedme, ¡voto va! El montero Hernando, señora, os ha de sacar de esta maleza.
—¿Conque no me había engañado? ¡Ah! Decidme, ¿por qué feliz azar os veo, y cómo en ese traje?
—El montero de ley, señora, no caza siempre del mismo modo: dejemos para mejor ocasión ese punto. Ved que necesitamos salir del monte. ¡Ea! Venid con nosotros.
—¿Con vosotros? ¿Adónde? ¡ah! no me engañéis. Más fácil es que me matéis aquí. ¿Qué resistencia puedo oponeros? Si sois tan crueles como todos los que hasta ahora he visto en este castillo...
—¿Qué habláis, señora? no veníamos á salvaros: no presumíamos siquiera que viviéseis: el bárbaro que ha osado reduciros á este extremo no se ha contentado con una presa. Sin embargo, en el momento actual vuestra presencia nos hace más falta de todas suertes que un ojo avezado al cazador. Vuestra presencia va á confundir la iniquidad, y á atajar acaso un torrente de sangre.
Mucho tardaron Hernando y Peransúrez en determinar á la desdichada á que los siguiese: sus preguntas exigían larguísimas explicaciones, que no podían darse en aquel momento sin comprometer la suerte de una expedición tan incierta y azarosa ya por sí... Á poder de ruegos en fin y de observaciones logróse de ella que dejase el satisfacer sus dudas para mejor ocasión; el tiempo urgía: nuestros dos reverendos habían pasado ya gran parte de la noche en dar con la prisión, y después de tantos afanes faltábales aún desempeñar la misión que en tal peligro les había puesto.