Repuesto algún tanto Hernando de su primera sorpresa, hízose atrás cuanto pudo, desviando su hábito del contacto de la infeliz. Ésta, levantando entonces la cabeza, y sacudiendo sobre los hombros una larga cabellera, único resto de su antigua hermosura, quedó mirando largo rato á nuestros amigos sin atreverse á proferir una palabra.

—Quienquiera que seáis, dijo por fin animándose Hernando, y descubriendo su rostro, ser de este mundo ó del otro, mora ó cristiana, hablad: ¿qué nos queréis?

—Hernando, ¿sois vos? exclamó la víctima levantándose después de haber mirado largo rato con la mayor duda y agitación al montero espantado. ¡Ah! no, continuó. ¡Hernando era montero! y volvió á caer en el mismo estupor.

No pudo menos Hernando al oirse nombrar por la fantasma, como un antiguo conocido, de fijar más en ella la atención; y agarrando con una mano á Peransúrez, que á su derecha y un poco detrás de él estaba,—¡Cielos! exclamó sin apartar los ojos de la figura negra. Dejadme: ¿sería posible?

—¡Ah! conocedme, sí, gritó levantándose y asiendo la lámpara la infeliz, conocedme, si me habéis visto alguna vez; he aquí en mi rostro los efectos de su barbarie; no soy la misma ya; no soy hermosa... el llanto, el dolor me han afeado. Miradme bien, miradme, prosiguió acercando la luz á su semblante.

—¡Ella, ella es! Peransúrez, salvémonos, gritó Hernando retrocediendo.

—¿Adónde? no: ¿adónde? Deteneos. Yo saldré también con vosotros.

—¡Vivís aún, señora! exclamó Hernando al sentirse detenido por la víctima: ¿vivís?

—Vivo; sí, vivo para llorar y padecer; tocadme aún si lo Dudáis.

—¿Es falsa vuestra muerte? ¿Sois vos, señora?