En esto estaba, á la orilla de la escalera, y vuelto de espaldas á ella, cuando dos manos de hierro, apoderándose de sus piernas, le levantaron en alto.

—¡Perdón, señora Zelindaja, perdón! clamó con voz medio ahogada el miserable, y pasando por encima de la cabeza de un padre Francisco á quien no tuvo siquiera tiempo de observar, cayó rodando de espaldas por la escalera, hasta una puerta que habían cerrado tras sí nuestros aventureros, donde quedó casi exánime y sin sentido.

—¿Hay más? dijo Peransúrez mirando á todas partes.

—No, repuso Hernando: aquella debe ser su prisión: ¿no ois una cadena?

—Él es; apresurémonos. Sacando en seguida el manojo y llegando á la puerta, comenzaron á probar llaves en la cerradura. Abrió, por fin, una de las más gruesas, y entrambos se precipitaron dentro de la prisión, igualmente impacientes de dar libertad al encadenado doncel.

Una lámpara mortecina lucía siniestramente sobre un pedestal.

—¡Basta, crueles, basta ya! exclamó una voz penetrante, arrojándose á sus pies al mismo tiempo, con todo el desorden del dolor y de la desesperación, una figura cadavérica vestida de negras ropas.

Difícil fuera pintar el asombro de nuestros dos reverendos al ver venir sobre ellos aquella extraña sombra, que no era otra cosa lo que á su vista se ofrecía, y el sobrecogimiento de la víctima luego que paró la atención en sus nuevos huéspedes, de tan distinta especie que los dos hombres que hasta entonces habían solido visitar su encierro para traerla el alimento.

—Religiosos, santo Dios, religiosos, exclamó ésta. Habéis oído, Señor, por fin mis oraciones, y el bárbaro me envía estos emisarios de vuestra palabra divina para auxiliarme en los últimos momentos de esta vida miserable. Lo acepto, Señor, lo acepto.

Un mar de lágrimas corrió de los ojos hundidos de la encarcelada, que abrazaba con religioso fervor el hábito de Hernando: éste, inmóvil en su puesto, no sabía qué interpretación dar á aquella horrible escena. Todo el valor de Peransúrez le había abandonado; creíase efectivamente delante de la encantadora mora, y estaba ya á dos líneas de maldecir en su corazón su osadía y su malhadada incredulidad.