—El preso no se escapará mientras pendan de mi cintura las llaves todas del alcázar. ¡Ah! ¡ah! ¡ah! notad, padres míos, la figura que hace un camarero dormido, prosiguió Ferrus riéndose á carcajadas, y señalando con el dedo la boca abierta del buen Rui Pero, á quien la hora, el sueño y el cansancio tenían cabeceando sobre su poltrona. ¡Ah! ¡ah!
Al llegar aquí tocó Peransúrez por bajo de la mesa al pie de Hernando, que de puro impaciente no hacía ya más que moverse había gran rato. Levantándose á un tiempo los dos, precipitóse cada uno sobre el que tenía al lado. Tocóle á Peransúrez el dormido Rui Pero, que se halló ya maniatado y tapada la boca antes de acabar de despertar: á Hernando Ferrus, cuyo asombro fué tal al ver levantarse de repente, y en aquella tan inesperada forma, á los dos reverendos, que no fué dueño de gritar ni de oponer la menor resistencia al montero, el cual así lo fajaba con sus poderosas manos, como si fuese un niño. Pusieron nuestros dos amigos á cada uno de los alcaides un palo del hogar atravesado en la boca, y sujeto con cordel que preparado llevaban á manera de mordaza, y atáronlos en seguida fuertemente de pies y manos á sus mismas poltronas, dejándolos conforme se hallaban colocados, es decir, uno enfrente de otro con la mesa en medio y sus copas delante. Era cosa de ver la figura que hacían sin poderse mover ni remover ambos con la boca abierta, y mirándose con ojos aún más abiertos, sin acabar de comprender si estaban encantados por el Moro del castillo, ó si habrían dado hospedaje á dos diablos del otro mundo que venían á castigar su descompuesta vida.
Hecho esto por nuestros dos reverendos, y apoderados ya del manojo de llaves que pendía del cinto de Ferrus, fué su primer cuidado recapacitar lo que acababan de oir al ebrio alcaide.
Parecía por el misterio de sus palabras que la torre era el lugar del castillo destinado al prisionero. Estaban en ella, pero era indispensable hallar una subida, y si había dos, aquella en que estuviesen menos expuestos á ser notados ó á encontrar importunas centinelas. En punto á esto convinieron que era preciso ponerse en manos de Dios, que veía sus intenciones, y no dejaría de favorecerlas; y echáronse á buscar una subida, que no tardaron en encontrar. Probando llaves lograron abrir una puertecita encubierta detrás del hogar por un tapiz viejo: empujáronla, y una escalera oscura les probó que habían dado con lo que necesitaban. Armado cada uno de un agudo venablo, y llevando en la mano izquierda Hernando, que iba delante, una linterna sorda de metal, diéronse á subir con la mayor confianza en Dios, donde los dejaremos, ora trepando escaleras, ora recorriendo largas y oscuras galerías, ora, en fin, probando llaves en cada puerta que encontraban, todo con el mayor silencio por no dar la alarma en el castillo.
Hallábase colocado el cuarto, donde se divisaba la misteriosa luz desde los alrededores de la fortaleza, en el extremo de una galería, y como quiera que las puertas fuesen todas de la mayor seguridad, no se creía prudente establecer centinelas demasiado inmediatas. Al único que hacia aquella parte se oponía preveníasele de antemano que no se separase del extremo de la galería más distante de la prisión. El que se hallaba á la sazón en aquel punto era un mancebo profundamente ignorante acerca de las circunstancias de los presos que parecían custodiarse con tanto interés en la fortaleza, pero que había oído hablar lo bastante del encantamiento del castillo, y de la voz nocturna, para no tenerlas todas consigo en aquella incómoda facción.
—Por Santiago, decía apoyándose en su partesana, que no entré yo al servicio del señor conde para habérmelas con brujas y hechiceros; este instrumento que bastaría para matar millones de Moros, unos después de otros se entiende, acaso no sería suficiente á hacer un ligero rasguño en la mano del Moro que fundó este maldito castillo. Dicen que la señal de la cruz es grande arma contra las artes del demonio, añadía en otro paseo de los que daba, sin apartarse mucho de su puesto como el que tiene miedo ó frío; y siendo esto cierto, ¿cómo es que hay cristianos hechizados? Cuerpo de Cristo, si me hechizasen tengo para mí que lo que más había de sentir había de ser aquello del no comer y del no dormir, ¡voto va!
En estas y otras reflexiones cogió entretenido al mancebo cierto profundo gemido que salió al extremo opuesto de la galería.
—¡Santa María! exclamó dando diente con diente el faccionario. Asunto concluido. ¿Si será la Mora que viene á pedirme su esposo, según dicen las gentes que lo pide todas las noches á los ecos? Sin embargo, yo no soy eco, añadió lastimeramente como si quisiese conjurar el encanto con esta lógica observación.
Otro gemido más prolongado resonó de allí á poco, y el ruido de una cadena arrastrada por el suelo se prolongó hasta el infinito en el oído del infeliz.
—¡Santo Dios! decía el soldado, y persignábase tan de prisa como si fuese la última vez que había de persignarse en su vida, sin apartar los ojos del punto de donde él se figuraba que salía el ruido.