—¡Cuerpo de Cristo! exclamó furioso Hernando, viendo que su astucia no había surtido efecto; si no conoces mi voz, jabalí, conocerás mi mano. Dijo, y se abalanzó sobre el contrario. Retrocedió éste gritando «¡traición! ¡traición!» y disparó su ballesta: recibió Hernando la saeta en el brazo izquierdo; pero no haciendo más caso de ella que de la picadura de un insecto, levantó su mano de hierro, y asiendo del centinela por la garganta, alzóle del suelo, dióle dos vueltas en el aire con la misma facilidad y desembarazo que da vueltas un muchacho á su honda, y despidiólo contra la pared del corredor, donde produjo el infeliz un chasquido hueco, semejante al de una inmensa vejiga que revienta, cayendo después al suelo sin más acción que un costal, ó un haz de fajina. Arrancóse en seguida la saeta del brazo Hernando, y pasándola por los talones del vencido, colgólo en la pared de una fuerte escarpia que servía para suspender de noche una lámpara, donde le dejó cabeza abajo en la misma forma que hubiera hecho con un venado. Sin reparar en la sangre que de su herida corría, abalanzóse después Hernando con las llaves á la escalera, la cual bajó con la misma prisa y ansiedad y latiéndole el corazón con la misma fuerza que si le esperase abajo una querida que fuese á ver solo por primera vez.
El desdichado doncel, que ningún ruido había vuelto á oir desde su encierro en aquel subterráneo, sino era el monótono rumor del torrente, que casi debajo de sus pies corría, paseaba entre tanto su estancia con paso largo y precipitado, indicio de la agitación de su alma.
—¡Elvira, decía hablando con su señora, Elvira, he aquí el estado infeliz á que ha reducido tu obstinación á tu amante desdichado! ¡Te lo predije! ¡No oiste mi voz! ¡No creíste mis palabras! Goza ahora, goza tranquila en los brazos de tu esposo esa felicidad maldecida que yo solo perturbaba. ¡Ah, traidor Villena! ¡Ah, fementido Hernán Pérez! ¡De esta suerte me venceréis! ¡Yo siento su mano aún dentro de la mía! ¡Siento su corazón latir fuertemente contra el mío; la veo, la oigo; sus lágrimas ardientes corren aún á lo largo de mis mejillas! Su voz trémula y agitada, su voz ronca de pasión, ahogada por el amor, pidiendo piedad y misericordia, resuena aún en mis oídos. La estrecho entre mis brazos. Día y noche desde entonces siento sobre mis labios la opresión dulcísima, el calor inmenso de los suyos. ¿No lo sientes, Elvira, tú también? ¡Nunca se apagará este ardor y esta memoria! ¡Es fuego, es fuego, es el amor entero, es el infierno todo sobre mis labios desde entonces!
El mayor abatimiento sucedió á este corto extravío de la razón del doncel. Una llave sonó de repente en la cerradura de su prisión, y un momento después se hallaba en los brazos de Hernando. No acababa el prisionero de creer á sus ojos.
—Ea, señor, dijo Hernando después de una breve pausa, conoce á tu montero. Toma esta espada. No es la tuya, señor; es la de un villano; pero en tus manos será la del Cid. Á mí me basta un venablo. Salgamos.
—¿Adónde, Hernando? ¿Quién te trajo? ¿dónde estoy?
—Después, después, repuso Hernando mirando á todas partes con la mayor inquietud. El grito del centinela puede haber dado la alarma y urge el tiempo.
—No, Hernando; déjame morir en esta soledad, repuso el doncel con dolor. No la veré aquí al menos acariciando á otro.
—Te ciega tu pasión, Macías, contestó el montero. Huyamos. Ven de grado, si no quieres venir á tu pesar.
Disponíase el montero á cumplir su amenaza apoderándose á viva fuerza del doncel, proyecto que hubiera llevado á cabo fácilmente, ayudado de su robusto brazo, cuando un sordo estruendo de armas se dejó oir en el corredor.