—¡Voto á tal! exclamó Hernando aplicando el oído. Me han descubierto los traidores; vendámosles caras nuestras vidas.
Dichas estas palabras asió el montero de un brazo del doncel, y obligóle á subir con él la escalera.
—¡Traición! ¡traición! gritaban en lo alto de ella varios soldados que se preparaban á impedir la evasión de los fugitivos. De allí á poco se trabó un combate encarnizado en el corredor. Cargaba más gente por momentos, y Ferrus, que había reconocido al montero, animaba á los suyos con promesas y amenazas.
—Ven, villano, gritaba Hernando á Ferrus, ven, juglar infame: yo soy el que ha librado á la condesa, yo el que había de librar á mi señor. Llega, y probarás mi venablo.
—¡Á él, amigos, á él! gritaba Ferrus sin dar reposo á los suyos: él es el traidor; ¡muera Hernando, muera!
Macías, animado con la pelea, se defendía valientemente haciendo prodigios de valor, y derribando cuanto se ponía á su paso; pero era evidente que hallándose como se hallaba desarmado, no podía resistir por mucho tiempo al número de sus contrarios. Él y Hernando se vieron precisados después de haber derribado inútilmente á algunos de sus enemigos á refugiarse hacia la prisión. Acababa de entrar Macías en ella, cuando se abrió paso por entre los que lo acosaban un caballero gritando con la espada desnuda:
—¡Ténganse todos! ¡fuera, villanos! ¡Á mí! ¡dejádmele á mí! el doncel me pertenece.
—¡Fernán Pérez! gritó fuera de sí el doncel cobrando nuevo valor, y dirigiéndose hacia el enemigo que acababa de llegar.
Suspendiéronse á la voz de entrambos los combatientes, y Hernán Pérez solo se precipitó tras Macías en la prisión. No pudo evitar esto Hernando, ni menos que Fernán Pérez, dentro ya con su rival, corriese un enorme cerrojo que por dentro la cerraba. Agobiado por el número de los que le rodeaban y querían rendirle, quedó en la escalera jurando y blasfemando de su mala suerte, que le impedía ayudar á su señor. Haciendo entonces el último esfuerzo, atravesó con el venablo á dos de los que más cerca tenía, y abrióse paso por entre los demás, aterrados de la muerte de sus compañeros. Precipitóse enseguida sobre Ferrus, que huía despavorido por el corredor seguido de su alano, el cual amenazaba con los dientes hacer presa en el primero que tocase á su amo; y asiendo al juglar de la garganta:
—Villano, le gritó, condúceme á las cadenas del rastrillo de la prisión, ó eres muerto.