—¡Hele ahí! le gritó Hernán Pérez señalando la zanja; ¡hele ahí!

—¡Es tarde, es tarde! repuso Elvira dando una horrorosa carcajada.

—¡Bárbaro! gritó el pajecillo echándose al paso de Hernán Pérez: ¡bárbaro! y se dispuso á defender á su prima con un denuedo ajeno de su edad. En aquel momento pareció Elvira volver en sí para reconocer á su esposo, y sobrecogida de terror huyó despidiendo del pecho agudos alaridos.

Precipitáronse los circunstantes sobre el hidalgo; no pudiendo éste llegar á Elvira,—¡Maldición sobre ti, y desprecio! la gritó; ¡y entre nosotros eterna separación!

Al mismo tiempo se oyeron por el castillo voces de ¡arma! ¡arma! ¡Santiago!

De allí á poco las murallas eran el teatro de un sangriento combate. Después de una hora de refriega, y de muy entrada la noche, replegáronse por fin las gentes de Villena, acaudilladas por el hidalgo, que había peleado con desesperación, y el justicia mayor clavó el pendón real en una almena.

Hernando, que había tomado á su cargo dañar á los sitiados en compañía de Peransúrez, para facilitar la entrada á las tropas reales y defender á la condesa, peleó como aquel que acababa de perder el único interés que le ligaba á la sociedad, y logró mantener ilesa á doña María hasta el momento de la victoria. Restituida aquella al justicia mayor, no se volvió á ver á Hernando ni á su alano. Se presume que privado de su amo, que era el único que podía hacerle soportable la existencia en la corte, se hundió para siempre en los montes, y hay cronista que afirma que años adelante murió á manos de un oso más feroz que él.

Don Enrique de Villena fué llevado ante el rey Doliente, y el impudente medio de que se valió para conservar, aun después de lo ocurrido, su maestrazgo, diciéndose en público impotente, sólo contribuyó á dar á todos una idea más clara de su baja ambición. Los ruegos, sin embargo, de la generosa condesa, que se retiró á sus estados á llorar su desdichada boda y la suerte de Elvira, salvaron la vida al conde, quien desde entonces vivió en retiro filosófico entregado á las letras, para las cuales había nacido, más bien que para las armas ó la corte. Es cosa sabida que después de su muerte quedó hecho trozos en una redoma, como hechicero que había sido.

Don Luis de Guzmán, restablecido de sus heridas, fué elegido maestre de Calatrava por el capítulo de la orden.

Nadie entretanto había visto á Elvira desde el momento en que empezó el combate y la confusión. Buscósela de orden de la condesa muchos días, porque el rencoroso Fernán había jurado no volver á recordar nunca su nombre; fué imposible, empero, dar jamás con ella; tanto, que el fiel pajecillo, desesperado de la pérdida de su hermosa prima, no pudo resistir á su dolor, y tomó de allí á poco el hábito en una orden religiosa.