Es fama únicamente que durante el combate se vió en diversos puntos de la muralla, sin temor alguno ni á las armas, ni á los combatientes, ni á las llamas, que consumieron aquella noche el castillo sin saberse quién la hubiese prendido, una mujer desmelenada, agitando con ademán frenético una antorcha en medio de las tinieblas, y gritando con feroz expresión «¡es tarde! ¡es tarde!» lema antiguo del fatal castillo.
No faltó en la comarca quien creyó que sólo podía ser la mora encantada la que parecía triunfar con bárbaro regocijo de la destrucción de su antigua cárcel, repitiendo el fatídico ¡es tarde!
CAPÍTULO XL
Tarde acordaste!!!...
Rom. del conde Claros
Algunos años habían pasado ya desde los sucesos que dejamos referidos. Ocupaba el trono de Castilla el señor don Juan II, hijo del muy ínclito y poderoso rey don Enrique el Doliente, y ocupábale en su menor edad, regido y dominado por unos y otros bandos y parcialidades.
Dos caballeros, ricamente ataviados y montados, pasaban una tarde por la plaza de Arjonilla. Brillaba en el semblante del más lujosamente vestido la satisfacción que da el poder y la riqueza: distinguíase en el ceño y en la oscura frente del otro la huella de antiguos pesares.
—Si no fuese detenernos mucho, dijo el primero al segundo, vería de buena gana qué turba es aquella que se agita en el extremo de la plaza. ¿Llegamos?
—Como gustéis, señor don Luis de Guzmán, repuso secamente su compañero; si bien yo no puedo parar mucho en este pueblo maldito sin agravarse mis males.