Llegáronse, efectivamente, al grupo. Una infinidad de muchachos le formaban, y algunos habitantes de Arjonilla con ellos. Una mujer en medio parecía querer huir de la importuna concurrencia. Sus vestiduras se hallaban manchadas y rotas por diversas partes; su pelo suelto y descuidado parecía haber sido hermoso; sus facciones flacas y descompuestas debían haber tenido en su juventud proporciones agradables. Esto era todo lo más que se podía decir. Sus ojos, hundidos en el cráneo, brillaban con un fuego extraordinario, y parecían querer devorar al que la miraba; sus ojeras negras, sus mejillas descarnadas, su frente surcada de arrugas, y sus manos de esqueleto, manifestaban que alguna enfermedad crónica y terrible consumía su existencia.

Arrojábanla pellas de barro los muchachos y corrían tras ella.—¡La loca! ¡la loca! gritaban. ¿Cómo te llamas? ¿Nos dices la hora que es? ¡La loca! ¡la loca!

Á toda esta algazara respondía la desdichada con una feroz y extraviada sonrisa; parábase, escuchaba un momento, y soltando una estúpida y horrible carcajada,—¡Es tarde! gritaba con voz ronca; ¡es tarde! Despedazábase al mismo tiempo las manos, y dábase golpes en el pecho.

—¿Qué es eso? preguntó don Luis á un muchacho.

—¡Ah! señor maestre, contestó el muchacho, que parecía conocer al caballero, ¡es la loca!

—¿Y quién es la loca?

—Aquí, repuso el muchacho, sólo por ese nombre la conocemos; de temporada en temporada se aparece por el pueblo: otras veces vive por el monte, y dicen los pastores que gusta mucho de pasar los días enteros mirando á los barrancos. No habla más que dos palabras. No llora nunca: ¿ois esa carcajada? Eso es lo que hace; aquí siempre estamos deseando que venga, porque es para todo el pueblo una diversión.

—¡Infeliz! dijo don Luis: ¿no queréis verla, señor Hernán Pérez?

—No: esos espectáculos me ponen de mal humor. ¡Miserable! será acaso alguna madre que haya perdido á su hija. Vamos de aquí, señor don Luis.

—Ó alguna amante desdichada, señor Hernán Pérez, dijo riéndose con indiferencia don Luis, y picando espuelas á su caballo. De allí á poco ambos caballeros desaparecieron, apartándose de la turba que seguía hostigando á la demente, la cual sólo respondía de cuando en cuando con su acostumbrada carcajada y su desdichado estribillo: ¡es tarde! ¡es tarde!